Robinskyn Brayan, o el sueño de ser mejores

Por Isbelia Gamboa Fajardo. A Robinskyn Brayan algo le sucedía. Cada vez que llegaba por la tarde, su pequeño cuerpo experimentaba dolor. Ese que los niños no saben explicar muy bien y que las madres tampoco entienden. Lo único cierto para esta familia, incrustada en los barrios marginales de una ciudad atiborrada de seres casi autómatas cumpliendo su diaria labor, era que para acceder a la educación su niño solo podía asistir a la escuela pública.

Isbelia Gamboa

Y él, Robinskyn Brayan era feliz. Era la oportunidad de reencuentro con sus compañeritos de aula, de jugar en el polvoriento patio, porque aún no había sido arreglado; pero eso no importaba así llegara sucio su uniforme y la nariz tapada. Eso no era nada ante la dicha de jugar. En fin, ¿Qué interesa esa nimiedad si los chiquillos revoletean alegremente?

Y el jolgorio era aún mayor, la alegría contagiosa cuando accedía al comedor o a la imitación de este. Tendría la oportunidad de comer lo que no pueden ofrecerle sus padres, al fin y al cabo, ellos con sus ventas ambulantes no son propiamente ricos o de pronto alcancen el tope mínimo de ingresos a los $283.828 que los hace utópicamente pertenecer a un mejor estrato social.

Puede ser que esas cuentas alegres mejoren la vida de Yefferson Jonathan y de Ayelén Michelle, unos jóvenes padres que han percibido lo citadino desde el cerro magnifico que permite ver la ciudad en todo su esplendor y que día a día, ellos junto a su pequeño hijo suben penosamente sus empinados caminitos polvorientos y recovecos conocidos como la palma de sus manos.

Pues, Robinskyn Brayan también lo hace todas las semanas. Sube y baja, baja y sube para llegar a su escuela. ¡Oh ¡bendita escuela donde podrá permanecer hasta la tarde mientras sus padres nuevamente lo recogen.

“Realmente, estas guarderías son buenas”, dicen sus padres.

Pero, de un tiempo atrás el niño se queja de dolor y con sus pequeñas manitas señala su barriguita y les dice que la carne que le dan en la escuela muchas veces “sabe agria”, que luego le “dan ganas de vomitar”, que esa carne “mami es muy roja”.  En fin,” cosas de niños”, dicen los padres.

Pero Robinskyn Brayan, ese de estrato 1 y 2, de esa infame escala socioeconómica humana, lo repite como loro: “me duele la barriguita, mami” y entonces surge la duda, la desconfianza y empieza la investigación, no tan exhaustiva y hasta sus últimas consecuencias y luego archivada, no. Inicia una hecha por padres preocupados por la salud de su máximo tesoro: su hijo.

Y esa investigación hecha desde el corazón, con todo el amor, llega a una aberrante conclusión: los alimentos ofrecidos a su niño y miles más no son de calidad, peor aún, no apta para el ser humano.

Que sea carne de burro o de caballo, al fin que importa, piensan los contratistas del programa de alimentación escolar: “Ellos están acostumbrados hasta comer piedras “.

Mientras tanto…Robinskyn Brayan ha sido llevado de urgencias a un hospital.

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