Análisis sobre la triste y alarmante situación de los hermanos de Mocoa

Por Álvaro Orlando Pedroza Rojas – Profesor Titular – Director Grupo de Investigación GEOENERGÍA UFPS

De nuevo, la naturaleza habla y, lo hace con voz fuerte, tono grave y en forma contundente

Y los seres humanos, seguimos siendo apáticos a aprender el idioma de la geología, la dinámica voz de la tectónica, el lenguaje y  potente voz y capacidad de trabajo geológico del agua, en todas sus manifestaciones; en esencia,  la resuelta lingüística de un planeta que es una máquina viviente.

Avalancha en Mocoa. Imagen satelital toda de Internet.

Ocurre que,  en lugar de hacer el esfuerzo por vivenciar una cultura de ingeniería preventiva (que no de praxis correctiva, como suele acontecer), de preparación ciudadana responsable de sus actos en su diario interactuar con la naturaleza, tenemos que asistir con el asombro y la perplejidad que da la impotencia de no poder hacer nada cada vez que la natura,  cansada de enviar mensajes que nadie observa, ve, lee,  ni entiende, le da por hablar fuerte, como en otrora lo hizo con Cúcuta (1875), Armero (1985), Gramalote (2010), sólo para citar algunos casos y como lo hace ahora con Mocoa (2017) y otros lugares de Colombia (Norte de Santander, Tolima, Antioquia) y como se manifiesta en Perú.

Gramalote 17 diciembre de 2010

Nos hemos vuelto adictos a consumir la información del panorama gris que dejan los eventos de la naturaleza (sismos, lluvias, vientos huracanados), al tiempo que no sacamos ventaja competitiva de los espacios de relativa quietud que la misma naturaleza otorga en virtud a sus períodos de ajustarse a sus nuevas condiciones de equilibrio, para  hacer gestión preventiva  (adopción de medidas estructurales y no estructurales de mitigación).

Aquí, toda acción es válida, cuando se trata de prevenir problemas geológicos y ambientales; desde la simple cultura de hacer cumplir las normas por encima de los intereses personales y/o políticos [no permitir la desmedida extensión agrícola; no apoyar la minería irresponsable, no segura e ilegal; no construir en áreas de derecho de vía de las corrientes de agua superficial; obedecer la NSR10 y demás normas que regentan el hacer constructivo nacional y local;  no construir en zonas consideradas de alto riesgo geológico; respetar las cotas topográficas fijadas como límites para densificar urbanísticamente un área], como la elemental acción de no arrojar basura a las calles que amén de contaminar el paisaje, al final taponan drenajes y obstaculizan el libre paso de las aguas, hasta la construcción de obras que regulen caudales, garanticen la libertad del río de buscar su propio equilibrio dinámico, así como la exigencia de estudios geotécnicos serios que al aplicarse, realmente respalden la seguridad y estabilidad a largo plazo de las obras que se edifican.

Omaira Sánchez, símbolo de la destrucción de Armero en noviembre de 1985.

Cada cual (gobierno, academia, ciudadanía en general) que adopte la porción de culpabilidad que le asiste en el saldo que dejan las denominadas “calamidades y emergencias” y en el peor de los casos los llamados “desastres” y que más allá de buenas intenciones se rediseñen acciones que realmente den frente a la problemática y se busque soluciones de fondo.

La Geotecnia  Ambiental y, en su marco de doctrina científica, la gestión del riesgo, nos convoca a  actuar mancomunadamente  y en forma interdisciplinaria en la  búsqueda  de soluciones  a la problemática  de desequilibrio  de los ecosistemas naturales que  el hombre ha creado en virtud a su ignorancia  o a su desmedido despropósito de  hacer un uso irracional de los recursos, lo cual es razón y causa de  las nefastas consecuencias que  a diario, despierta nuestra capacidad de asombro.

Nos hemos convertido en proclives a vivir en el marco de los colores amarillo y rojo del semáforo que dejan la actividad de las alertas que son decretadas por las autoridades competentes, cada vez que un proceso geológico o hidrometeorológico se asoma.

El color verde ya empieza a parecernos extraño por esa misma cultura de la desidia, de la irresponsabilidad y del olvido. Porque, infortunadamente el temor y la solidaridad en la catástrofe nos acompañan mientras vivimos el impase; pasado unos días, el temor desaparece, los damnificados cargan con su pena y el olvido nos arropa. Perdemos la materia pero no aprendemos la lección.

A manera de referente transcribo la publicación del Diario El Tiempo,  bajo el título “30 por ciento de los departamentos está en alta amenaza de inundación. El Ideam presenta este martes primer mapa a escala regional para prevenir estas emergencias”, documentado por Laura Betancur Alarcón, el pasado 21 de marzo 2017 , 10:48 a.m.

Las lluvias de las últimas semanas –que le dieron inicio a la primera temporada de altas precipitaciones– son la antesala de posibles emergencias que le han costado cientos de vidas y varios billones de pesos en años anteriores al país: las inundaciones.

Este martes, el Ideam presentará el primer mapa de amenaza de estas emergencias en el país, en una escala de detalle para 22 departamentos y 27 municipios, que son especialmente golpeados por tales eventos”.

“Los departamentos de Valle, Atlántico, Cundinamarca, Magdalena, Antioquia, Córdoba, Cesar, Cauca y Meta son los que, de acuerdo con los últimos modelos, tienen mayor amenaza de verse impactados tanto por crecientes súbitas como por inundaciones lentas”.

 “El informe que conoció EL TIEMPO detalla que el 28 por ciento –casi un tercio del país– está amenazado de inundaciones cuando hay mayor intensidad de lluvias. Estas áreas abarcan cerca de 79 municipios. “La idea es que los municipios adopten en sus planes de prevención y planes de ordenamiento territorial estas amenazas”. Según el Ideam, Bogotá, Cali y Barranquilla son las ciudades con más alta población ubicada en zonas de mayor potencial de inundación, seguidos por Apartadó (Antioquia), Chía (Cundinamarca) y Jamundí (Valle del Cauca).

El mapa muestra tres grandes áreas donde se concentran estas amenazas: el oriente del país, en las llanuras bajas de las cuencas de los ríos Orinoco y Amazonas; en los valles aluviales en las regiones Caribe y Pacífica, asociados con el río Magdalena, la depresión Momposina, los valles de los ríos Sinú y Alto San Jorge, y en las tierras bajas cercanas al río Atrato, en el Chocó, y los deltas de los ríos San Juan, Telembí, Patía y Mira; y en los valles de los ríos Cauca y Magdalena, lo mismo que en la Sabana de Bogotá”.

Curiosamente no se anticipó  en el reporte transcrito, la problemática que convoca esta vez la solidaridad nacional: el caso de Mocoa, pese a que era, como lo es, en otras latitudes, al estilo del nobel de literatura “una tragedia anunciada”.

Porque, a decir verdad,  al estar todo el país, sometido a la misma cultura de no comprender el lenguaje de la naturaleza y de excedencias en el uso inadecuado de sus suelos y, a la explotación irracional de sus recursos, tiene riesgo geológico y el problema puede resultar en cualquier parte, como bien dice el poema “Los cazadores y la perrilla” de José Manuel Marroquín: “Es flaca sobre manera toda humana previsión, pues en más de una ocasión,
sale lo que no se espera”.

Mocoa necesita la solidaridad de los colombianos. Foto tomada de Internet.

 

Un comentario para "Análisis sobre la triste y alarmante situación de los hermanos de Mocoa"

  1. Winston Cabrera S-  abril 6, 2017 at 2:49 am

    Excelente descripción de la problemática. La prevención de desastres debe empezar por una obligatoriedad de los entes territoriales para que estudien geológicamente sus suelos y en esta forma poder dar las recomendaciones y prohibiciones sobre el uso del suelo. No más desastres por acción antrópica.

    Responder

Comentar

Su correo electrónico se mantendrá en privado.