El idioma no es asunto de caprichos ni de ufanía

  • ¿Cómo es que gradúan de periodistas a personas que no saben escribir correctamente?
Jairo Cala. Español correcto.

Jairo Cala. Español correcto.

Por Jairo Cala Otero. Periodista Autónomo. Cultor del español

Unos cuantos colombianos, de los muchos que conocen mi apostolado idiomático, han insinuado que yo trato de imponer, obligar o forzar a mis compatriotas a que hablen y escriban como a mí se me antoja. ¡Vaya, vaya, qué ligereza de apreciación! No conocen el fondo de mi pregón. Y eso me empuja a hacer algunas anotaciones necesarias sobre el tema.

Yo apenas soy un consumado lector y practicante de la gramática elemental española. Por ende, de la forma correcta de escribir y hablar. No ostento títulos empalagosos, como algunos que, teniéndolos, no los usan con honor, o los desacreditan con sus enrevesadas formas de hablar y escribir; o los emplean, simplemente, para «engordar» sus hojas de vida a fin de que otros tengan una buena impresión sobre lo «intelectuales» que son. ¡Vanidad de vanidades!

Nada puedo yo imponer en este tema tan trascendental en la comunicación humana. El común de la gente cree que se pueden tener fijaciones personales sobre cómo debe funcionar el español. Algunos despistados, naturalmente, tratan de hacerlo; pero más se demoran en intentarlo que en ser derrotados. Porque las normas lingüísticas no las adopta todo aquel que tenga ganas de hacerlo. ¡Esa sería una ramería tal que a lo único que contribuiría sería a una mayor prostitución de nuestro idioma! Solamente la Real Academia Española y sus Academias asociadas le meten mano (seso, más bien) al idioma que hablamos y escribimos casi quinientos (500) millones de terrícolas.

La lengua hispana es un asunto vivo, que se recrea a diario por el uso que de ella hacemos sus hablantes. Su regulación gramatical les corresponde a los miembros de la RAE, cuya sede central está en Madrid, España. Existen veintidós Academias en igual número de países hispanos, pero todas funcionan alrededor de las directrices de la Real Academia Española. Por supuesto, aquellas son autónomas en materia de modismos (voces propias de las costumbres lingüísticas de cada país).

Hay otros compatriotas (incluidos muchos colegas periodistas) que, por falta de información sobre el asunto, creen que también existen los caprichos. Entonces, crean diferencias entre la forma regular y correcta de hablar y escribir, y las burdas, imprecisas e incorrectas fórmulas que algunos inventan para expresarse por escrito o de viva voz. Y de este último «estilo» hacen «defensa» casi a ultranza, mientras a la normativa le echan agua sucia encima, con argumentos de tal pobreza que a cualquier ser sensato le darían ganas de llorar.

¿«No cree que usted es muy riguroso en la aplicación de la corrección en el idioma?», me preguntó un periodista que me entrevistaba un día sobre mi campaña por el español bien usado. Otra vez, una presentadora de televisión, de cara bonita y carácter endemoniado (así la califican quienes la conocen), insinuó que yo pasaba por «amargado» por predicar el uso correcto del español. Tuve que decirles: al primero, lo que ya anoté aquí, que no es un capricho mío, sino que es la norma general la que regula el idioma que conocemos. Y a la niña de las piernas bien cuidadas, le dije que no trato de «meterles» el español correcto en la cabeza a los colombianos, ni de imponerles nada, por mucha normativa que exista. Además, ¿qué amargura puede originar el enseñar a hablar y escribir bien? ¡Despistada la niña!

Yo apenas advierto sobre las incorrecciones y aporto las enmiendas. Quien quiera escribir horrorosamente, que lo haga, está en su derecho; al fin de cuentas quien habla y escribe mal se «autocastiga», pues eso genera descalificaciones y pésima imagen ante los demás. ¿Acaso usar de manera horrenda las palabras al comunicarnos otorga más nivel cultural, o concede mejores niveles de aptitud para desempeñarse bien en otros escenarios de la vida? ¡Yo, definitivamente, no lo creo! Conozco decenas de casos, y, ciertamente, ¡dan grima!

Por ejemplo, así como a los ingenieros no se les perdona que se les caigan ni los andenes; ni a los policías, que los atraquen unos bandidos, a los periodistas tampoco se les pueden conceder absoluciones y aplausos por los exabruptos gramaticales y ortográficos con que suelen presentar sus informaciones. El idioma es su herramienta elemental, por ello deberían conocerla mejor. Aunque se enojen unos pocos (sin duda, quienes cometen más barbaridades escribiendo y hablando), es preciso reiterar sobre este tópico. Si trabajan con el idioma para comunicar sus noticias, es inadmisible que no lo sepan emplear porque no lo conozcan en su nivel elemental. La periodista y escritora argentina Josefina Licistra afirma que escribir bien es complemento de la función periodística, y que «escribir bien no es una opción, sino una obligación».

Cada día me convenzo más de que algunas universidades con Facultades de Comunicación y Periodismo descuidan con cierto desgaire la lingüística. ¿Cómo es que gradúan de periodistas a personas que no saben escribir correctamente? ¿Por qué algunos docentes también cometen serios deslices cuando escriben y hablan?

Analogía: Imagínese el lector a un cirujano ¡que no supiera manipular un bisturí!

¡NUNCA ANTES FUE TAN CÓMODO APRENDER A ESCRIBIR BIEN!

Sin horarios condicionantes, sin profesores regañones y sin métodos complicados

Un curso de redacción por correo está ahora a su alcance. Fáciles lecciones llegan a su dirección electrónica, con ejercicios sencillos para practicar y asesoría personalizada. La instrucción es impartida por el periodista autónomo y cultor del español correcto Jairo Cala Otero, nominado al premio Titanes Caracol TV 2014; Pluma Dorada de la Corporación de Periodistas de Santander; premiado por la Asociación de Periodistas de Barrancabermeja por ‘Mejor reportaje en prensa’ (año 2007).

Contactos: mundodepalabras@gmail.com / 315 401 0290

 

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