Algunas palabras cliché

Po: Jairo Cala Otero / Corrector de textos – Asesor en redacción

mundodepalabras@gmail.com

La repetición incesante de vocablos, sin medida alguna y con una frecuencia tal que se torna sofocante para lectores y escuchas, distorsiona la semántica; y al hacerlo, tuerce el sentido de las expresiones.

Esas palabras cliché son adoptadas por el capricho de oficiales de Policía y del Ejército, de funcionarios y periodistas. Estos últimos, en algunos casos, hacen el papel de «caja de resonancia», pues se limitan a repetir (al estilo de los loros) lo que los primeros dicen; y esos primeros muy poco conocen de semántica, según lo que se colige de sus expresiones.

Son copiosas las palabras cliché que diariamente escuchamos y leemos en los medios periodísticos de Colombia. Una rápida mirada a algunas de ellas nos permitirá escudriñar sus erróneos usos y sus significados correctos, en procura de que usemos bien nuestro idioma.

De un tiempo a hoy todo se volvió literalmente. Porque, según esa manida costumbre, a los redactores les parece que un suceso, una obra de Gobierno, un accidente, etc., adquiere esa condición. Dicen y escriben: «El carro arrolló literalmente al anciano, y le causó la muerte»; «El político dijo que literalmente es perseguido por sus enemigos».

El vocablo literal es adjetivo y significa ‘conforme a la letra del texto; que reproduce lo que se ha dicho o se ha escrito’. Su forma adverbial (literalmente) indica que un escrito está tomado al pie de la letra de su original. Luego no aplica para accidentes ni para situaciones de apremio de ninguna naturaleza.

Otro vocablo refrito es colapso. Cada vez que hay un accidente, así sea pequeño, dicen y escriben: «El alma de la pobre colapsó»; «La venta de tamales colapsó en el último mes».

Un colapso es la ‘destrucción o ruina de una institución, sistema, estructura, etcétera’. También la ‘paralización a que pueden llegar el tráfico y otras actividades’. El alma de una persona no colapsa, porque no se paraliza ni se destruye. Las ventas de un producto tampoco colapsan, apenas disminuyen, aminoran o sufren bajas.

En la crónica judicial (que algunos dieron en llamar «Justicia») se usan, sin ton ni son, las palabras fleteo y fletero. Y aunque no han sido pocas las veces que quienes fungimos como guardianes del español hemos aclarado que tales vocablos no son sinónimos de atraco ni atracador, respectivamente, ellos, los tercos, siguen usándolas. Por supuesto, los únicos que pasan por ignorantes son ellos, nadie más que ellos.

Aclaremos una vez más: fleteo es el acto de fletear, y este verbo significa transportar carga de un lugar a otro. (En Cuba es, entre las prostitutas, la búsqueda de clientes). Fletero, entonces, es quien transporta una carga; esto es, un transportador; no es un hampón que roba dinero.

En Colombia los atracadores que les quitan el dinero a quienes salen de los bancos después de hacer algún retiro de sus cuentas, ni son transportadores ni buscan clientes para follar con ellos. ¿Por qué no llamarlos como lo que son?: bandidos, atracadores, asaltantes, antisociales, rufianes, malhechores, pillos, criminales, forajidos, delincuentes… ¡No son pocos los adjetivos que se ajustan bien a su conducta!

Los informadores también volvieron cliché el giro «al interior de…». Lo usan para todo lo que signifique lugar, o situación ventilada en una organización conocida. Escriben y dicen: «Esta mañana se produjo una crisis al interior del Partido Verde»; «La sesión solemne se cumplió al interior del Senado de la República». Error. Al interior de… solamente funciona para indicar que hay traslación (movimiento) hacia un lugar determinado: «Los estudiantes se dirigen al interior del salón ahora»; «Se dirigían al interior del edificio cuando este se desplomó».

Correcciones para los casos aquí citados: «Esta mañana se produjo una crisis en el Partido Verde»; «La sesión solemne se cumplió en el Senado de la República».

«Álgida» es otro término cliché. Cuando los nunca bien apreciados congresistas colombianos se enfrascan en grescas (bizantinas e intestinas, además) los periodistas dicen y escriben: «Una álgida discusión se produjo hoy en la Cámara de Representantes por tal asunto»; «La álgida situación fue calmada con la mediación del Defensor del Pueblo».

Álgido es un adjetivo que significa ‘muy frío’. Aunque la tercera acepción del vocablo dice que ‘álgido’ es algo ‘crítico o culminante de algunos procesos orgánicos, físicos, políticos, sociales, etcétera’. Fíjense bien: culminante. Cuando una discusión está en pleno furor no es álgida, como dicen en algunos informativos sobre los rifirrafes de los legisladores.

Aquellas bullarangas que arman los congresistas no son frías, sino calientes, acaloradas o subidas de tono. Tanto es así que con ellas tales señores muestran lo garrulos que son.

No puede faltar en ninguna noticia de cada día el verbo arrancar, que los escribidores confunden con principiar, iniciar, comenzar y empezar. A veces pienso en que, seguramente, lo usarán también para ir al baño (para arrancar la orina y las heces, quizás). Es demasiado el uso y abuso de tal verbo: «Arrancó el partido de fútbol»; «Las investigaciones sobre tal asunto arrancaron con buenos indicios»; «El Gobierno arrancará la entrega de tierras».

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Jairo Cala Otero. Corrector de textos. Asesor de redacción.

¿Por qué echaron al cesto de la basura los otros cuatro verbos ya citados si ellos son castizos y precisos para lo que quieren decir?: «Comenzó el partido de fútbol»; «Las investigaciones sobre tal asunto se iniciaron con buenos indicios»; «El Gobierno comenzará la entrega de tierras».

Termino porque si continúo saldría otro diccionario con las palabras cliché de muchos de mis compatriotas.

 

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