La poesía, esa yerbabuena ¡Entre la vorágine y las sombras!

Prólogo de Julio César Góyes Narváez – La memoria me dice que la yerbabuena es una menta curativa del resorte familiar de los días, crece cerca de los afectos y es guardiana del cataclismo corporal y espiritual; no en vano  tiene efectos relajantes. De igual manera metaforiza el  farmacon y en demasía puede causar molestia. No es ésta la introducción a un tratado de homeopatía sino de homeopoesía, pues el farmacon también habita en la escritura que como remedio y veneno fluye en el cuerpo poético con toda su carga ambigua.

Jesús María Stapper.

Jesús María Stapper.

En este libro del poeta santandereano Jesús María Stapper, Entre la vorágine y las sombras/ está sembrada una mata de yerbabuena. No es gratuito, entonces, que en el umbral donde la luz y la sombra luchan y se conflagran crezca de forma silvestre la yerbabuena. ¿Acaso la poesía no es ese riesgo natural y, por ello mismo, cultural y trágico, donde el sentido puede ser quemado por el sol o devorado por la sombra?

En el suelo las hojas de los árboles vuelven a casa, señala el poeta en el texto que le da título al libro; al atardecer  hojas y hombres, silencio y grito vuelven al hogar, a ese lugar donde habita lo sagrado, la identidad y la memoria.

La escritura.

La escritura.

La yerbabuena, en esta escritura, no sólo significa medicina, sino, y sobre todo, es la dimensión simbólica que escribe en oxímoron la vida y la muerte, el relato lúcido de morir un poco cada tarde; al fin y al cabo, estamos en un mundo nunca nuestro. Los asombros pueden aparecer cuando la mirada se enciende en la sombra, cuando desde la penumbra alguien pregunta por el nombre del ser que la proyecta: ¿quién es el que canta desde el fondo de la vorágine? El ojo más grande que todos los abismos de un ser extraño, taciturno y de mirada triste responde: nadie, no es nadie; tal vez es la memoria que entra en la aventura, la fuerza y la prudencia. En el poema Mirada ciclópea, la voz trágica de Ulises en el cuerpo enano de Polifemo, reafirma que aún en la sociedad decadente vuelta mercado y espectáculo, el poeta ha venido a cantar aunque no lo escuchen, aunque su mirada vaya a parar a las luces de neón. Es claro que en el infierno de lo igual hemos venido a decir nuestra verdad aun a pesar de que muramos:

Recuerdo que soy más antiguo que la primera letra.

Todo lo vi, todo lo veo, todo lo plasmo.

En mi pupila guardo el universo con sus vecinos distantes.

Abrí las entrañas del tiempo para dar el primer paso de la historia.

Ayuné durante  milenios desconocidos y obstinado sigo vivo.

El retrato de un cuervo anciano acampa en mi memoria.

En mi cuerpo de espejo se descubren las selvas perdidas.

Mi cabeza da vueltas como un disco en busca de una patria.

No me duelen los tropezones.  Siento dolor cuando sonrío.

En la transparencia de mi ojo se perfilan los espantos de la tarde.

(Mirada ciclópea)

Entre la vorágine y las sombras, es un libro en donde el autor comparte su crecimiento interior  y decanta los afectos de las imágenes, los pensamientos y obsesiones poéticas propuestas en anteriores libros, pero como ocurre con la escritura de convicción retornan los motivos y se reiteran los deseos, solo que cada vez más convencidos y más lúcidos.

No de otra forma la memoria poética reescribe y desdobla la subjetividad en repetición perpetua. No es una afirmación gratuita, son textos de meditación que abren los sentidos en la consecución de los beneficios de la yerbabuena. Tampoco es terapia, así sin más, sino hálito y medida para enfrentar el ritmo y la imagen a partir de la resonancia del silencio, ese saber-se y dejar-se estar entre la claridad y la maleza. En el poema Río, ámbito cercano a Jesús Stapper dado que pertenece a la tierra que lo vio nacer, se puede leer la meditación heracliteana, pero ya despojada del destino de los dioses, de la herida trágica que recompone el mundo que no era simple  eterno retorno de lo mismo. Aquí el río, en cambio, es indiferente y quizá tan solo dato en la riqueza cultural despedida; en esa monotonía El río pasa a las mismas horas/ -cumplida es la flota que lo transporta. En los sentidos del río que otrora contabilizaron los astros ya no hay perennidad y armonía, solo acabamiento y contaminación del ser, de allí el cambalache de lo sagrado por lo inexorable,  la creencia y la fe por la pragmática de la existencia fugaz, contable y asfixiante:

El río es un milenario matemático

que suma las sendas de los astros.

Supervisa las enramadas olvidadas de sus cuencas.

Sabe que para vivir tiene que empezar de nuevo.

La existencia de un poeta es un río casual.

Los hombres abrazados suman un río sin desvaríos.

Es de temer al río cuando anda endemoniado

cuando lleva su rostro cubierto de azufre y chocolate.

La muerte es un río que se va y no regresa: nos lleva.

¡Nada más profundo que el silencio en el pozo de la eternidad!

(Río)

Este es un poemario donde la materia que da origen a las imágenes es líquida y ventral, recuerdo de la mirada de la madre que navega con un alma que bebe de su seno, porque el río es origen en tanto tiene la medida exacta de mis pies descalzos. No puede haber más concretud que la dicha y la desdicha de la infancia, lo que pudo haber sido y lo que fue; lo que sigue siendo en la narración de la voz poética: Un pez de tres meses juega conmigo a las escondidas.

Como el ombligo que lo ata al origen no únicamente de la madre de carne y hueso, sino al comienzo feliz pero también doloroso de la tierra-región Cáchira, el eje de sus deseos, afectos y preocupaciones, el poeta confiesa haber nacido en el centro de un río que pasaba (todavía pasa) por la sala de su casa; y por eso, porque no se ahogó la ilusión primera se salva en la mirada acuosa del poema. Con toda esta agua acariciando y amenazando el territorio vital del poeta, a éste no le quedó otra opción que aprender a navegar, por eso canta a los cuatro vientos una verdad que los demás parecen desconocer: Soy gondolero de varias eternidades y en mi casa lo ignoran (Gondolero de marras).

Pero hay más, no únicamente oficia de transportador que lleva un mensaje de una a otra orilla, sino que además es el provocador de la tempestad, pues Nadie sabe que invento aguaceros para lavar mi nave (Gondolero de marras). Sin duda está aquí convocado el creacionista Huidobro cuando conmina que no hay que cantarle a la lluvia sino hacer que llueva en el poema. Pero he allí la fractura del poeta del agua cuando ya no sabe qué es sueño y qué es realidad, pues el gondolero no existe porque el mar es el lenguaje y el boga la palabra que lo cruza.

¿Qué sería la poesía sin esa sensación de orilla o déjà vu donde algo habita en el lugar que el poema convoca y, de pronto, nada existe?

¿Donde habitar entonces? En los sueños –dirá Jorge Eduardo Eielson– porque sueño que escribo y mientras sueño escribo este poema. No he citado al azar al poeta y pintor, pues creo que la poesía de Stapper resuena desde una fuente surrealista parecida a la escritura visual del peruano, a veces fónica y reiterativa por la fragmentación verbal a la que está sometida, y a veces meditada en sus metáforas donde confluyen los contrarios dando la sensación de inmovilidad y de que todo confluye en el mismo punto. No en vano el santandereano además de poeta es también pintor y las manchas de sus telas se abren tanto a la asociación libre como a la aporía:

Anoche, el cuerpo de la noche,

tenía sueño y se guardó

dentro de un vaso de cristal.

Dentro del vaso cupo la noche extensa.

(…)

Anoche todo fue silencio.

Anoche no hubo noche.

Anoche, la noche, guardó reposo.

(¡Silencio! …la noche está en reposo)

O esa acumulación de imágenes que pareciera se van dibujando y distribuyendo en la tela a ritmo del imaginario que performa la escritura; así sucede en el poema La puerta que se aprieta como una poética de la insistencia y de la imposibilidad:

Difícil abrir la puerta del silencio.

Silencio es la máscara… es el espanto.

Es el sueño de la marea.

Es el viento estacionado.

Es el invierno que no llegó… que no se va.

Es el reposo vespertino del tiempo.

Es la golondrina atrapada para siempre

en las lámparas de una nube.

Es tu cuerpo desnudo cuando me mira.

El silencio tiene edad… y arrugas y sonrisas.

Silencio es no decir nada… es decirlo todo.

La poesía es el silencio, es la callada voz.

El silencio está guardado en mi calavera.

La muerte es el silencio presentido.

Estoy tras de la puerta del silencio.

Soy silencio y soy oscuridad… sin retorno.

Difícil abrir la puerta del silencio.

(La puerta)

La voz que apalabra el silencio en la imposibilidad de figurarlo o visibilizarlo como materia que  conmueve o que desgarra,  de repente se recoge a sí misma para denunciar la carencia y la ardua labor del poeta –del artista–, y se va desvaneciendo en el anonimato, pues el poeta de últimas horas no porta aura alguna, es un sujeto devorado por la economía de la lengua que intercambia solo signos que disuelven el relato en ahuecadas palabras poéticas. El poeta parece regresar definitivamente a esa materia de sueño que es el agua; no hay que olvidar que el agua, así como da la vida también inunda las diferencias e invisibiliza los cuerpos hasta derruir por completo la dinámica de las contradicciones, borrando incluso la presencia de la voz poética:

No soy lo que pienso que soy.

No soy la moda ni soy un híbrido

entre la moda y los recuerdos.

No soy la contra-moda.

Quizás soy todo lo contrario de todo.

Quizás soy lo contrario de lo contrario.

Quizás soy un poco de cada cosa.

Quizás cuando pienso nada pienso.

Quizás me palpo y no me siento.

Quizás soy un eslabón perdido

cuando me busco y no me encuentro.

Nadie nota la presencia de mi ausencia.

Confieso que quizás no existo.

(Confesión)

Una vez más el poeta se declara incomunicado en la sociedad de la comunicación y la transparencia, del éxito y la eterna juventud; lleno de sombra y vorágine el poeta habita sin armonía entre lo heredado y la innovación que nada conserva. En este ámbito la voz poética se juega nada menos que la destrucción y el olvido, desdoblándose para presenciar la ausencia del otro, para constatar como puro lenguaje la disolución de la identidad, de la existencia misma. La compulsión de esta reiteración que pregunta por la identidad aún bajo la ironía de la aniquilación lingüística, deja una huella o marca que sólo la pasión del lector puede reescribir.

 

Julio César Goyes Narváez

Bogotá, D.C., enero 17 de 2015

 

Julio César Góyes Narváez.

Julio César Góyes Narváez.

Julio César Góyes Narváez

Ipiales, Nariño, Colombia

Profesor Universidades Javeriana y San Buenaventura, Bogotá. Docente investigador de Estética y Teoría de la Imagen y Análisis Textual del Audiovisual, en el Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura, IECO, de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios libros de poesía y ensayo, y realizado varios audiovisuales de ficción y documentales. Director del programa «Quinde Audiovisuales», que desarrolla proyectos de investigación-creación en diferentes regiones colombianas. Director cinematográfico. Licenciado en Filosofía, Magíster en Literatura Latinoamericana, Especializado en Lengua y Literatura Española. Becario del Instituto de Cooperación Iberoamericano en Madrid, España. Doctor en Ciencias de la Información, programa “Teoría, Análisis y Documentación Cinematográfica”, en la Universidad Complutense de Madrid, España.

2 comentarios para "La poesía, esa yerbabuena ¡Entre la vorágine y las sombras!"

  1. Zoraida Acevedo  mayo 3, 2015 at 1:24 pm

    los seres humanos nos preocupamos por las cosas materiales pero si nos hubieran dado la importancia a ir mas halla de nuestros propios acontecimientos a ver la parte relativa de la naturaleza entrariamos en meditacion y aprenderiamos ha valorar lo que el creador nos dejo en nuestras manos para ver sentir y palpar sus manifestaciones en diferentes formas de vida potente que todo avanza y se transforma y tomariamos el reto de conservar lo que siempre hemos querido y anhelado

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  2. José Gilberto Donado Grimaldo  mayo 4, 2015 at 4:59 am

    Con-versando Por Don Grim

    Hay algo Divino inmerso
    en nuestra humana estructura,
    que al compás de la ternura
    danza con lírica y verso
    en profundo sentimiento
    cual unos bellos poemas.
    Son aromas que serenan
    las dudas que el alma siente,
    y al espíritu consienten
    con «olor a yerbabuena».

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