La realidad política de América Latina

Discurso del doctor Óscar Arias Sánchez, expresidente de Costa Rica y Premio Nobel de Paz, durante la inauguración de la Cátedra de  «América Latina», dictada en la Universidad Pontificia Comillas (ICADE) en Madrid, Epaña.

öscar Arias López. Expresidente de Costa Rica y Premio Nobel de Paz..

öscar Arias López. Expresidente de Costa Rica y Premio Nobel de Paz..

Por Óscar Arias Sánchez. Expresidente de costa Rica y Premio Nobel de Paz. Vuelvo a España como tantas veces en el pasado, como el caminante que anhela la espléndida hospitalidad de un amigo que los años han convertido en hermano. España ha sido siempre un aliado sincero de las causas del pueblo de Costa Rica, que son las causas a las que he dedicado mi vida.

Una conversación entre amigos, luego de una temporada sin verse, inicia siempre con un recuento. Y ese recuento lleva, inevitablemente, a la más importante y delicada tarea de reflexionar sobre el estado general de las cosas – la discusión sobre cómo estamos, más allá de lo que nos ha ocurrido.

No es mi intención soslayar la importancia de eventos particulares en cualesquiera países de América Latina: de la terrible situación de inseguridad en algunas partes de México; de los escándalos políticos que sacuden a los gobiernos de Argentina, Chile y Brasil; de la inestabilidad social que experimentan ciertas regiones andinas; del naufragio político y humanitario que atormenta al pueblo de Haití. Sin embargo, quiero enfocarme en cuatro acontecimientos recientes que constituyen, en mi opinión, cambios sustanciales que alteran el balance de poder regional, inciden en la agenda del hemisferio y demandan la atención de quien se encuentre interesado en el futuro latinoamericano. Me refiero a los acontecimientos en Cuba, en Colombia, en Centroamérica y en Venezuela.

El histórico anuncio del acercamiento entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos, el pasado mes de diciembre, tendrá efectos que se sentirán más allá de los confines de la pequeña isla caribeña. El proceso será largo y encumbrado. Es improbable que observemos un levantamiento del embargo en el corto plazo, pero el relajamiento de las restricciones relativas al turismo y la inversión tendrá consecuencias positivas para el desarrollo económico de Cuba y, quizás, para su apertura política, aunque esto no está garantizado.

Durante más de medio siglo, los acontecimientos en la isla han sido abordados bajo un velo de excepcionalidad derivado de su estatus especial, de su condición de país suspendido del sistema interamericano y durante muchos años separado diplomáticamente de otras naciones de la región. La plena reinserción de Cuba a la dinámica multilateral, subregional y bilateral debería llevar aparejada una discusión más franca sobre la situación de los derechos humanos bajo el régimen del Partido Comunista, en particular la situación de los presos políticos y el ejercicio de la libertad de expresión. Eventualmente, esa conversación debería abordar la necesidad de abrir el régimen a la competencia política.

El segundo acontecimiento que deseo comentar es el avance en las negociaciones de un Acuerdo de Paz en Colombia. Este conflicto armado, uno de los más largos y sangrientos de la historia latinoamericana, parece estar llegando a su fin, en medio de un largo proceso de conversaciones en La Habana. Las encuestas demuestran que la población colombiana oscila entre la esperanza y la suspicacia, entre la ilusión y el recelo ante los resultados de las negociaciones. Esto se debe al desgaste de un proceso que ha durado ya más de dos años, a la polarización y politización en torno a algunos de los temas álgidos de las conversaciones, a la desconfianza frente a las promesas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el rechazo a su participación política, y a la dificultad para aceptar los términos de una posible amnistía en un conflicto que registra miles de víctimas. El establecimiento de una paz duradera en Colombia depende de un acompañamiento paciente y meticuloso, que no sólo procure silenciar las armas.

En el caso de Venezuela, muchas veces he dicho que es incorrecto afirmar que Venezuela equivale a una dictadura, pero cada vez resulta más evidente que también dista mucho de ser una democracia plena, en los términos poliárquicos planteados por Robert Dahl.
Desde sus inicios, el régimen chavista se sostuvo sobre la aparente estabilidad de dos pilares: la popularidad de su líder, o la “autoridad carismática” de la que hablaba Max Weber, y el desempeño de la economía, derivado en gran medida del precio internacional del petróleo. Ambos pilares se han venido derrumbando en los últimos meses, con los índices de aprobación de Nicolás Maduro en el nivel más bajo desde el ascenso al poder del chavismo, y el precio del petróleo oscilando alrededor de los 50 dólares por barril de crudo, por debajo de las peores predicciones del gobierno venezolano para el año 2015. La corrupción, la inflación rampante y la pérdida de productividad como consecuencia de ruinosas distorsiones de mercado, se han combinado para arrojar un panorama de escasez y desabastecimiento.

Lejos de actuar de la forma que se espera en un régimen democrático, el gobierno venezolano ha procedido a transferir mayores poderes a las autoridades de inteligencia, a autorizar el uso de fuerza letal para controlar protestas y, más recientemente, a concederle al Presidente amplias facultades para legislar por decreto, esto último motivado por la firma de una Orden Ejecutiva que considero innecesaria y torpe por parte del Gobierno de los Estados Unidos, imponiendo sanciones a varios funcionarios venezolanos. La firma de esa Orden Ejecutiva amerita discusiones que van desde lo político hasta lo jurídico, pero debemos ser muy cuidadosos de abandonar una discusión sobre derechos humanos en medio de una alucinada discusión sobre soberanía nacional.

Es urgente que alcemos la voz por la situación de la democracia y los derechos humanos en Venezuela. Es urgente que abandonemos la propensión a justificar el comportamiento de un gobierno únicamente por el hecho de que ese gobierno haya ganado las elecciones. Un verdadero demócrata sabe que, el día que recibe la banda presidencial, es también el día que asume la mayor responsabilidad de su vida: la responsabilidad de ejercer el poder de forma legítima. El poder democrático es aquel que se ejerce en presencia de una oposición libre. El poder democrático es aquel que se ejerce bajo el control de órganos de supervisión independientes y un sistema imparcial de administración de justicia. El poder democrático busca la distribución y no la concentración de atribuciones; la diversidad y no la restricción de opiniones; la participación y no la represión; el diálogo y no la amenaza. El régimen chavista no está promoviendo una versión distinta de la democracia: por el contrario, está ejerciendo de forma antidemocrática el poder recibido en las urnas.

Una última reflexión. La política es maravillosa en su incertidumbre. El destino pertenece al ámbito de la religión, del misticismo o de la mitología. En la política, en cambio, no hay más que preguntas insaciables y respuestas tentativas. Por eso quizás nos atrae tanto la noción del pueblo en el desierto, porque ignoramos detrás de cuál montaña se esconde la tierra prometida y de cuál gota de rocío habrá de brotar el maná del cielo. El liderazgo político es una forma, siempre imperfecta, de superar esa ignorancia.

Fuente: Ariadna Coto. Resumen de la Cátedra de América Latina  Universidad Pontificia Comillas (ICADE), Madrid, España.

13 abril 2015

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