Exrectores de la UFPS, ridieron homenaje póstumo al doctor Andrés Entrena Parra

Andrés Entrena Parra

Doctor Andrés Entrena Parra. (Foto archivo)

Por Álvaro Pedroza Rojas – Exrector UFPS – Pronuncio la oración de estudio y despedida,  en nombre de todos los compañeros y amigos exrectores de la Universidad Francisco de Paula Santander,  quienes, deferentemente me asignaron esta noble misión,  en este acto póstumo con el cual rendimos tributo y honramos la memoria del Dr. Andrés Entrena Parra. 

Tuvimos, muchos de quienes asistimos a esta Eucaristía de acción de gracias a Dios por su sagrada presencia entre nosotros y  por habernos permitido conocer al  profesor, exrector y amigo de la Universidad Francisco de Paula Santander, ANDRES ENTRENA PARRA, oportunidad de distinguirle,  y de participar con él, en algunos espacios de tiempo y lugar, conjugando la mística tarea de hacer academia.

Hace un par de años, en un ejercicio de periodismo improvisado adelanté en compañía de  la entrañable amiga Carmen Leonor Barajas Forero, en desarrollo de una misión encomendada por el Club Rotario Cúcuta, la tarea de entrevistar al  doctor Andrés Entrena Parra y de observar en él a un ferviente creyente y admirador de Dios y a uno de esos hombres  lúcido y luchador hasta el final del viaje,  que mantuvo  la convicción de que la esquiva paz se construía desde la educación y el  servicio.

En la sede de la Cruz Roja, en la Avenida 2a con Calle 19, del Barrio Blanco, el doctor Andrés Entrena Parra, nos recibió y dejó que fluyera la palabra casi con la impaciencia de la historia que quería ser oída. Nos compartió sus gustos por la música mientras intentó tatarear las inmortales canciones «negrita» y «pueblito viejo», del consagrado maestro de la música José A. Morales, para luego recordar del folclor venezolano las piezas musicales «Alma llanera», «Dama antañola» y «Barlovento» y más tarde compartirnos que avanzaba en la lectura del libro «Los Pilares de la tierra», una novela histórica escrita por el británico Ken Follett, ambientada en Inglaterra durante la Edad Media, que describe el desarrollo de la arquitectura gótica, a partir de la arquitectura romana.

Un visionario que,  aún en el umbral de su periplo de regreso al Padre, y pese a las limitaciones de locomoción, danzaba el sueño de servir al otro, tenía en su memoria vivo el paso por nuestra Universidad, de la cual recordaba sus momentos de luces y de sombras en los momentos difíciles, y lamentaba como proyecto quedado en el tintero la no posibilidad de haber podido concretar en nuestra UFPS, la facultad de medicina; un filántropo al que le sonreían sus ojos cuando hablaba de  su siempre amada Cruz Roja Colombiana; un ser que hablaba de sus lecciones aprendidas en el ejercicio de fundar la Universidad de Santander; un coterráneo que avizoraba una Cúcuta pujante, de puertas abiertas, donde   todos tuvieran un lugar de realización.

Un hombre,  al que los sueños no se le escaparon con la edad, y que al filo de su tiempo pensaba en que nuestras instituciones de educación superior deberían seguir creando nuevos espacios que le dieran a nuestra juventud opciones  para  formarse.

Un amigo  que ante las agudas preguntas de Carmen Leonor por conocer al ser humano, sin rubor alguno  corría el telón del fondo y abría el baúl de los recuerdos, e iniciaba su viaje al lomo de ellos, rememorando sus periplos por diferentes regiones del mundo, junto con su familia, en los obligados viajes que su padre, Don Pedro Entrena Suárez, debió emprender en ejercicio de su rol diplomático por más de 33 años.

Un coterráneo que recodaba a la ciudad de Cúcuta vivenciada en su época de niñez y juventud como un emporio industrial, pujante, apacible, que sentía en su diario vivir la fuerte influencia de las familias inmigrantes italianas y alemanas. Una ciudad que, habiendo sido pionera en Colombia en transporte férreo y en muchas industrias (gas, café, moda, electricidad; tabaco, telares, botones, cigarrillos, gaseosas, entre otras), y que motivó a  inmigrantes alemanes e italianos a invertir en estas tierras, se apuraba a señalar el doctor Entrena, fue una ciudad cuya pujanza se perdió en el tiempo, al fallecer o emigrar de la ciudad, uno a uno, aquellos acuciosos empresarios europeos.

Una fuerza industrial que se cayó cuando el centro de Colombia empezó su industrialización y el vecino país encontró su oro negro y con él su capacidad de compra al tiempo que nuestra ciudad optó por cambiar drásticamente su vocación de transformar materias primas y de hacer industria por una vocación comercial centrada en vender productos terminados y servicios.

Pensamos quienes compartimos ese espacio de diálogo ameno y coloquial con el amigo Andrés, que recién construida y luego reconstruida la ciudad tempranamente se impulsó la industria pero hubo un olvido casi colectivo respecto de estimular y apoyar la más necesaria de todas las industrias: la formación, al más alto nivel de recurso humano.

De modo que, los jóvenes de muchas generaciones debieron emprender el exilio voluntario hacia otros lares a continuar sus estudios universitarios, porque para entonces la ciudad no brindaba más allá de educación secundaria. Y muchos de ellos, de tales talentos ya educados en universidades en el centro del país y en otros países, simplemente optaron por quedarse fuera o por la ruta del no regreso.

Cuando hablaba de servir al otro, Andrés tenía la firme convicción de que al favorecer con herramientas adecuadas el desarrollo de una comunidad, ésta lograba concentrar las voluntades e izar con su esfuerzo de nuevo la esperanza.

Se entendía entonces, que en ese corazón que nos hablaba había un católico emulador de Jesucristo, que emprendió, sin cajas resonantes, una cruzada de servicio, llevando como estandartes  su filantropía y su vocación docente y logrando en dos grandes espacios de realización: la Cruz Roja Colombiana y la Universidad, librar de la vida, sus batallas, saliendo victorioso en todas, muy seguramente ileso y con muchas lecciones aprendidas.

Andrés cruzó los senderos y provincias con una nutrida carga de vocación por lo que hacía: una forma de volver servicio el primero de todos los mandamientos mostrados por Moisés. Una manera de hacer de  Jesús, su eterno compañero, de llamar su atención y seducirlo.

Había logrado Andrés con esa forma reposada de respirar el tiempo, hacer que en los espacios en donde la convivencia se conjugaba en la tormenta y le correspondía actuar, su sóla presencia amainara las aguas, haciendo que estas volvieran a su curso, con una singular forma, de arrogarse para sí, sin que la tuviera, la culpabilidad de ese estado alterado del clima social  comunitario.

Pienso que su forma de asimilar con ponderada calma los retos fieros de todos los caminos y, su estoicismo de no precipitarse, aún ante la celeridad de solución que a veces impone la aguda punzada de la vida, le permitió a nuestro estimado amigo: ganar espacios valiosos de reflexión y tiempo para encontrar soluciones verdaderas, confiables y seguras.

Una interesante lección de vida y una bonita forma de seducir a Dios, de convocar su atención y de hacerse invitar a las huestes celestiales hace un mes,  cuando el sumo arquitecto universal decidió desatar en Andrés, el efímero nudo que unía el espíritu al cuerpo, logrando acabar su juego de luces y sombras que marcaban su vida; y, haciendo que lograra quedarse sumido en el último sueño, dejando su tiempo finito, su esquela,  paisajes, su angustia, alegrías y sus sueños y decidiera seguirle, con la fe y esperanza encendidas, de ver al final de la ruta, al Padre glorioso y eterno.

Supo Andrés, dejar entre nosotros su cuerpo y dejar que su alma volara hacia Dios, en busca del cielo un bien merecido escalón por haber emulado al Sagrado Maestro conjugando el servicio hacia el otro en su tiempo terreno.

Seguramente, a quienes aún nos puebla el recuerdo tenemos, habitando en nosotros, sus frases, adagios y anécdotas, o su forma especial de esperar el momento oportuno, para indagar o poner en balanza de la clara conciencia, cual fue nuestro rol en el espacio en que la vida nos puso en orillas opuestas o de preguntar, el porqué de la frase o estribillo, que ahora nos causa sonrisas, pero que en su momento, al ser pronunciada causaba molestias.

En ese franco diálogo que surge genuinamente entre quienes estrechamos aún más los lazos de amistad, cuando la muerte de un amigo nos convoca, y deja su huella como texto de lectura, varios docentes que tuvimos el honor de conocer y de encontrar la calidez de la amistad del doctor Andrés Entrena Parra, coincidimos en una tertulia improvisada el pasado 14 de octubre, en verle como  a un rector que administró la Universidad, con fino tacto, casi al filo de la ternura de un padre con sus hijos. Un hombre que ejercía su autoridad sin imponerla, y que basaba su derecho en el  respeto que tenía el otro  a disentir.

El saber sortear los crudos momentos de la fuerte dialéctica de la vida universitaria, en el tramo final de la vigencia del Decreto 80 de 1980, que precedió a la vigente Ley 30 de 1992; la presentación, ante el CSU para la adopción, de la letra y música del canto compuesto por  el maestro Rafael Darío Santafé como himno actual de la Universidad.

Ssu empeño por posicionar a la UFPS en el marco de la legión directiva de la Asociación Colombiana de Universidades, entidad en la que, en nombre de la UFPS, ocupó la Vicepresidencia; el impulso dado al programa de educación abierta y a distancia; el respaldo como ejecutivo de la Universidad a las iniciativas pioneras de autoevaluación institucional diseñadas por la Oficina de Planeación, en cabeza del profesor Jairo Ortíz; su valioso apoyo, en armonía con los docentes directivos que le acompañaron en la gestión ante el Consejo Superior Universitario a las pretensiones salariales de los docentes, su interés por buscar cánones de calidad académica para los programas ofertados por la Universidad y, su interés por favorecer un clima institucional de tolerancia en el marco de la diferencia, son apenas una muestra de la realización y orientaciones que observé desde mi tribuna de docente raso, de Representante profesoral ante el Organismo Superior y en mi condición de decano de la Facultad de Ingeniería.

He procurado sustraerme y no mencionar la brillante hoja de vida académica y profesional del Arquitecto  Andrés Entrena Parra, en primera instancia porque sobre sus ejecutorias y vocacionalidad en el servicio está sustentada la Resolución de Homenaje póstumo a su memoria y a su vida que le tributa la Asociación de Exrectores de la Universidad Francisco de Paula Santander, pero esencialmente, porque en aras a la amistad quise destacar su parte humana, esa que enaltece al hombre y que logra poner en vibración el invisible hilo que mantiene en estrecha comunión el espíritu al cuerpo, ese hilo que fortalece el tejido social, borda sueños y deja, al final del viaje postrero, una estela de buenos  recuerdos.

En nombre de la Asociación de Exrectores de la Universidad Francisco de Paula Santander, y de nuestras familias, de los docentes, administrativos, alumnos y amigos que compartimos con el Dr Andrés, la tarea de hacer caminos de paz desde el aula, expreso a su querida familia, sentimientos de condolencia y comparto un abrazo con afecto solidario y sentimiento de dolor, en estos difíciles momentos, por la sentida partida del Dr. Andrés Entrena Parra

Reciban todas las personas que han respondido afirmativamente la invitación a esta cita eucarística, nuestro sincero agradecimiento.

Andrés Entrena Parra, amante de la naturaleza y del deporte ciencia del aeromodelismo

Doctor Andrés Entrena Parra, amante de la naturaleza y del deporte ciencia del aeromodelismo.

Al caballero Andrés, amante de la naturaleza y del deporte ciencia del aeromodelismo, amigo de las buenas costumbres y el buen trato, al infatigable hacedor del bien, al hombre de los adagios y frases proverbiales,  al amante de la música colombiana y el porro; al ser, prudente en la palabra y decididamente osado en el servicio, al adalid de la educación.

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Álvaro Orlando Pedroza. Exrector UFPS.

La persona que en un diálogo dejaba asomar al hombre que inspiraba bondad, confianza, respeto y admiración mientras dejaba al flote su humanismo y evocaba recuerdos que relataba como si estuviera leyendo una fotografía plasmada en pixeles de palabras. Al   ser humano que rescataba la ternura del niño colegial recitando un poema, como ocurrió en ese mágico momento de nuestro diálogo con Carmen Leonor, en el que en medio de la entrevista, se emocionó y nos compartió un poema de Borges y nos declamó los primeros versos del poema Anarcos del poeta Guillermo Valencia: Al caballero y Señor: Paz en su tumba.

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