Nueva iniciativa por el Norte de Santander (Análisis)

Foto sateital Norte de Santander. Tomada de Google.

Foto satelital Norte de Santander. Tomada de Google.

Manuel Guillermo Camargo Vega – En Europa, a raíz de la crisis del euro y el desmonte en parte de la sociedad de bienestar, se intensificó la discusión sobre el papel del Estado, la captación y aplicación de impuestos, y obviamente sobre el rol del sector privado.

Las posiciones sobre el tema van desde los que ven en el estado un estorbo al desarrollo de los mercados, hasta los que como el socialismo del siglo XXI, creen que el estado debe entregar hasta las arepas reina pepiadas. Y esos dos extremos representan la dialéctica entre la generación de la riqueza y la distribución de la misma.

Se considera que un estado funcional es aquel que permite el florecimiento del sector privado, cuyo objeto en la sociedad capitalista es generar valor, y tiene mecanismos de distribución de riqueza que lleva equidad a aquellos que quedan por alguna razón al margen del mercado. Y es funcional porque los extremos han probado no servir.

El extremo de mercado sin estado crea sociedades extractivas cada vez más inequitativas que son caldo de cultivo de malestar social, que hace implosionar el estado, y el extremo de la producción centralizada produce altísimas ineficiencias que llevan a la creación de una nomenclatura, nueva oligarquía, que termina en el mismo malestar social del otro extremo y que también termina por implosionar. El ejemplo más famoso es la Unión Soviética; el más reciente Venezuela.

Colombia tiene un problema de elefantiasis estatal, producto del modelo político existente, pero ha venido avanzado tres pasos adelante  dos atrás, hacia un estado regulador no empresario, que permita mayor papel del sector privado. Adolecemos además de una justicia inoperante, que no da garantías a nadie.

Es bueno aclarar que la democracia liberal, de la cual somos nominalmente seguidores, es el único que pone el Estado al servicio del ciudadano; el centro de la sociedad es el ciudadano, no el Estado y por eso la importancia de la participación ciudadana, que se ha dado en llamar democracia participativa. El Estado Colombiano es en realidad un hibrido entre democracia liberal y autocracia, donde el Estado no está obligado a cumplir sus deberes, pero hace exigencia de todos sus deberes a los ciudadanos.

Si miramos la historia de Colombia y la nuestra, la regional, veremos que vamos en movimientos pendulares estatales, entre más o menos mercado. Hasta los años 50, es decir en los primeros cincuenta años del siglo XX, los servicios públicos y la infraestructura se desarrollaron en manos privadas. Así fue en Cúcuta, por ejemplo, con el suministro de energía eléctrica o el puente de San Rafael, salida hacia Pamplona; lo fue en Barranquilla con la hoy triple A, que tuvo por muchos años al frente un gringo que se paraba a las 5 de la mañana a revisar que los carros salieran, vivió muchos en la ciudad y se jubiló con su pensión, volviendo a los Estados Unidos. Eran empresas eficientes, aunque muy locales.

En los 60 llega la onda cepalina de la mano de la teoría Keynesiana del pleno empleo y la sustitución de importaciones. Como se manejó en Colombia, llevó a que los servicios públicos fueran capturados por la clase política, y se entregaran otro tipo de empresas como monopolios privados a unos pocos. Esa simbiosis sector público-sector privado, en el manejo de estado empresario, le hizo mucho daño al país.

Con la caída del bloque soviético llega la globalización y se encuentra que para lograr productividad, y por ende competitividad privada, había que lograr dar competitividad a los países en los costos de servicios y transporte, que permitiera ofrecer bienes y servicios en captura de mercados en el exterior. En ese momento las empresas de servicios públicos en Colombia eran en su mayoría inviables financieramente, plagadas de burocracia y corrupción contractual, que había llevado a un incremento cada vez mayor de las tarifas con unos servicios con cada vez menor cobertura y calidad. Y así como en los años 50 muchas empresas de servicios públicos  eran un ejemplo de empresas bien manejadas, en los años 80 y 90 eran virus mortales que contaminaban lo que tocaban.

La ley de competencia de servicios públicos de 1994 permitió inversión privada en los servicios públicos y la salvación del sector eléctrico, que por sus problemas de ineficiencia llevo al apagón de 1992, a la revolución social que significó el desarrollo del gas natural y a la competencia en la telefonía con su ganancia de eficiencias. Aún recordamos que cada cierto tiempo el sindicato de Telecom paraba el país. Las empresas de acueducto y alcantarillado, por su carácter local y regional, siguieron en muchos casos siendo objeto de los vicios políticos y bastantes terminaron intervenidas, como la EIS Cúcuta, o la de Villa del Rosario, entre muchas otras.

Así como los servicios públicos lograron reorientarse, no se logro con el transporte y por eso seguimos viendo en cada concesión un pleito millonario, y los contratistas contratando más abogados que ingenieros. Las reformas recientes en hidrocarburos con la creación de la Agencia Nacional de Hidrocarburos, que quitó a Ecopetrol la condición de ser arte y parte en el negocio petrolero, y permitió un florecimiento en la exploración, fueron un éxito y se espera lograr lo mismo con la Agencia Nacional de Infraestructura si son capaces de quitar barreras que aún quedan. Por no tener eso funcionando en la década anterior, Colombia perdió la bonanza de los «commodities» que debió convertir en infraestructura.

En el período que va de los 60 y el presente no vio un avance en infraestructura en el país, y sí, un marchitamiento del papel del sector privado. Pero se nos quedo la idea que todo lo hacia el Estado. Los ministros, y naturalmente el presidente, son como Papa Noel, y cada vez que van a una región les piden desde la vía que no se construye hace 200 años hasta un polideportivo por barrio. Ese papel principesco del ejecutivo se baja en sus adecuadas proporciones a Gobernadores y Alcaldes. Como cortesanos importantes estaban los parlamentarios, que intercedían ante el ejecutivo nacional por las obras que la región necesitaba, necesita y seguirá necesitando, pues las obras no se ven. Hoy muy pocos saben que hacer un gasoducto o una línea de transmisión no requiere para nada del ministro, sino que es decisión de inversionistas privados cumpliendo la regulación vigente, pero seguimos pidiendo “obras”. Muchos columnistas hablan de la importancia de presentar nuevos y viejos proyectos en Bogotá y muchos ven en cada nueva ley o cada nuevo conpes el camino al desarrollo. Y así entramos en la imagen del martillo más grande ante opciones que no funcionan. Peter Senge, en su libro la quinta disciplina, escribe que “la insistencia en soluciones conocidas, mientras los problemas fundamentales persisten o se empeoran, es un buen indicador de pensamiento asistémico, lo que a menudo llamamos el síndrome de “aquí se necesita un martillo más grande”. A veces la solución fácil y familiar, no solo es ineficaz, sino adictiva y peligrosa”. En Cúcuta ya tenemos el martillo de Thor y nada.

Si miramos las regiones de mayor desarrollo del país, o de menor subdesarrollo, mejor, vemos que sacando Bogotá que juega con el centralismo, las regiones que han avanzado o están avanzando, lo hacen porque el sector privado lleva la voz cantante. Antioquia es el ejemplo paradigmático, y no es un secreto el papel que en la planeación de ciudad y región ha jugado el sindicato antioqueño. Barranquilla, en una época el alter ego de la corrupción y de necesidades básicas insatisfechas, viene avanzando de la mano del sector privado. En Bogotá ya los empresarios privados están proponiendo una iniciativa privada. En Norte de Santander seguimos varados en el pensamiento asistémico.

Es por eso que estamos proponiendo una nueva iniciativa por el Norte de Santander, que en cabeza del sector privado lidere la planeación de la región y estructure los grandes proyectos del sector privado. Se busca que empresarios y profesionales regionales conformen un vehículo de inversión para estructurar los grandes proyectos que requiere la región, y que manejados estos con todas las características de un verdadero proyecto de inversión, permita buscar inversionistas extranjeros o nacionales que conviertan esas ideas en proyectos. Se plantea la creación de un “tanque de pensamiento actuante”, si eso existe, y se busca montar una entidad con ánimo de lucro de inversionistas capitalistas y/o socios industriales privados, por lo que no se aceptarían personas con proyectos políticos o que representen una corriente política. Es una idea de carácter estrictamente privado.

En el blog nuevainiciativans.blogspot.com está detallada la idea que busca desarrollarse con los interesados, hasta dar forma a ese vehículo de inversión. No se buscan consensos, no se buscan acuerdos, se buscan socios y se hará, Dios lo quiera, con los interesados. Nadie va a sobrar, pero tampoco nadie va a faltar. Que la inteligencia regional reencauce el desarrollo del departamento es la idea. Y la ventaja es que está todo por hacer.

Facundo Cabral.

Facundo Cabral.

Es claro que ya no vamos a pedir que el estado nos haga; tampoco que el estado nos ayude más allá de lo que legalmente esté establecido. Pero como sabemos que en algún momento habrá necesidad del estado, me acordé de una historia que echaba Facundo Cabral. Contaba que siendo éste ya un artista famoso, tuvo oportunidad de presentarle al presidente Argentino de la época a su mamá, una mujer curtida y luchadora, alejada de todo boato y protocolos. El presidente se acerco a la señora y le dijo: “¿Qué puedo hacer por usted mi señora?”, y ella contestó, “con que no me joda es suficiente”. Ojalá no tengamos que llegar a decir lo mismo cuando nos toque vérnoslas con el Estado.

Manuel Guillermo Camargo Vega

Bogotá, octubre de 2014

Para revista web http://somoslarevista.com/

 

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