Edgard Sandino Velázquez: un mensajero de cartas abiertas

Por: Jesús María Stapper    Edgard Sandino Velázquez es un árbol de múltiples presencias, estructuradas ramas, variados frutos, pulcras cosechas. Tiene matices que lo caracterizan entre la gran fronda. Tiene el cuerpo arropado con un verde eterno:   arboleda susurrante y andariega. Su  vuelo perdura en los pendones celestiales que lo declaran viviente real de sus anuncios oníricos y ancestrales.

Jesús María Stapper y Edgard Sandino Velázquez.

Jesús María Stapper y Edgard Sandino Velázquez.

Es un ser añejo no en su sola condición de edad sino en su aspecto legendario con su piel trigueña y su canto diario de vocero consumado. Es un palabrero de los ideales que no perecen.

A veces su intermediación nos trae al presente  una “asonada” de colibríes gigantes que con su febril aletear nos cuentan que el pasado existe aunque tenga la estructura de un pueblo extinto.

Por su semblante tribal tiene la forma de un “digno muestrario” de  particular cosmogonía. Cosmogonía no descubierta,  no conquistada, no usurpada, no diezmada, no arrasada.

Tiene también la presencia de un desconocido dios como si fuera arte y parte de un sanedrín virtuoso, parrandero y pecaminoso de desconocido Olimpo.  Si no es un dios en ciernes si se declara su mensajero politeísta.

Por necesidad propia es un relator de antiguas visiones quizás algunas con sus estrelladas esperanzas. A veces siento que lo distinguí cuando el tiempo todavía se ponía pantalones cortos (de parra) como en las primeras usanzas.  Así era la moda cuando los días, los meses y los años se iban de baño a los caudalosos y cristalinos ríos. Imagínense: eran los tiempos de Abia-Yalla-Xo

   Nació Edgard por virtud de una añoranza enclaustrada en un códice amerindio (Chibcha dicen algunos…. latinoamericano dicen otros) por allá en un territorio  (municipio tal vez)  llamado Baraya del Departamento del Huila. Entre el remojo cotidiano  de las tardes calurosas y las nubes que pasan de largo para no enterarse de los falsos rumores, perdida anda la fecha y la hora precisa en que vio la luz de este mundo y de los mundos que ha logrado inventar con sus multiplicados pasos.

Edgard Sandino Velázquez.

Edgard Sandino Velázquez.

Creo que por antonomasia nació con defectos que ha trabajo le cuesta disimular… y son tantos. Es casi imposible que un mismo ser albergue entre los cuencos de sus manos “tantas falencias”, el ser investigador, catedrático, folclorólogo (conocido y muy reconocido), bailarín de los proscenios a media luz, locutor de  movimientos decimonónicos (narrador omnisciente), escritor de marras y misterios, transportador “casi legal” de   símbolos y legados y lenguajes, ritualista en las madrugadas de las etnias y los sortilegios perdidos,  cazador de leyendas y fábulas y metáforas, periodista de fila india y armazón contemporánea, cronista de periódicos embadurnados de alucinaciones e injusticias,  defensor a ultranza de los sueños de quienes para “no hacer nada” se dedican a soñar que sueñan, y cancerbero de soledades: aquellas cosechadas entre su danza y su palabra y las soledades enclaustradas que le son propias. Desconozco si tiene el defecto de saber hacer dinero. Observo de tal manera  al señor barayano y no le veo virtud alguna… es la verdad.

Es amplia la bibliografía de Edgard Sandino Velásquez. Una veintena de libros publicados hablan con suficiencia de su “yo creativo” y de su donación no clandestina para los lectores que caminan sin pensar en los retornos (suprema necesidad actual de sobrevivencia humana), no obstante, quizás por curiosidad o “por coacción” vuelven a merodear las páginas o los fragmentos o los renglones de este escritor huilense.

Con particular vocación se mete como “un obstinado cualquiera” con su pluma repleta de tinta  e imaginación entre las sombras de las cuevas y de los papiros arrugados para descubrir los decir-es  de ayer y de hoy  a través de  yaravíes y  cántigas y  poemas (suyos y ajenos) que son habitantes de las nostalgias y las venturas atiborradas de presuntas emociones, de presuntos encuentros, de motivados desencuentros, de dolorosas partidas.

Indaga y encuentra y crea con acierto en los vericuetos del cuento, la poesía, el ensayo y el teatro: narrador vigente, actor circunstancial. Ganador de premios nacionales e internacionales. Así formula sonrisas y dimensiones inventadas para los niños. Estoy seguro que en su alma de adolescente cree que todavía su corazón (espectro de generosidad) vive en un territorio continental como si las lejanías no estuvieran cubiertas de cercas y tinieblas punzantes e hirientes.

Cada cerca es un retrato de la ignominia porque en medio está un separador de base: un ente excluyente, un focalizador de diferencias y un constructor de escarnios.  El mensajero de los dioses es el libro con el que menciono de manera somera el vasto caudal de su legado. Otros textos suyos tomados al vuelo, no acatando una mención general, son: Palabras teñidas de noche para tu oído, Simijaca (Libro de honor IBBY, mejores cuentos para niños del mundo, Premio Distrital), Las palabras del amor, Ázimo, Bajo el signo de acuario, El cóndor de los Andes, Cuentos de mi padre.

Edgard Sandino Velázquez es Director (por muchos años) de Teatro Arte de Bogotá (ganador de premios  y festivales de baile en América y Europa). Es  un “ballet” folclórico  multiplicado en fina danza decimonónica (fiestas de salón burgués), en histórico baile de acaudalado prestigio, en  ritual de  cisnes sagrados sobre  resplandecientes aguas. En su decir musical nos entrega coreografías manejadas con precisión otoñal pero con ágil y esmerado ritmo.

Nos enseña entre “pasos”, meneos,   taconeos y chirimías los ecos que salvaron los acantilados y los precipicios  y, aún hoy, cual tañido de febriles campanas a las que amamos con frenesí, nos inundan y nos estremecen de reminiscencias, de melodías y de vida.  Seguidor es este investigador folclórico de la inconmensurable e inolvidable tarea de Delia Zapata Olivella y de Sonia Osorio y de los otros trabajadores del folclor colombo-latinoamericano cuyo tinte histórico se difumina en el amarillo progresivo y mohoso de los calendarios del olvido.

Con Edgard no hago eco transparente o brillante de su condición de luchador empedernido desde lo étnico, desde lo social, desde lo cultural, desde lo académico. Sé que en cada labor tiene ponderables méritos confirmados con la representativa sazón de su trabajo.

Pero volviendo al “otro cuento”, el de la palabra literaria de Sandino Velázquez, afirmo con actitud sincera, la donosura de sus silabas armadas con estirpe de leyenda. Siento que escribe para el no ostracismo de su canto.

Tiene el rigor de la buena corriente del río que sabe para dónde va, que sabe en dónde depositará sus aguas. Mallarmé también sabe de aguas y depósitos.

Igualmente Bachelard esculcó las entrañas de las gotas de agua que caen al mar. En un recorrido por su palabra encuentra uno,  un dique que enseña “corrientes” y soles nacientes que forjaron las rutas de sus resplandores desde los milenios anteriores cuando la palabra todavía no tenía diccionario. Su lenguaje es suave, sencillo, descomplicado, pero profundo en sus ethos.

Sus renglones escritos son una trinchera donde el lector se guarece de sortilegios y tempestades y dudas para aprender a vivir un poco. Con sus textos aprehendemos misterios y asombros conjugados por la buena estética: estética consciente. La gallardía de su literatura está cimentada de buenas fuentes, la investigación, el conocimiento, la narración, y el talante asumido de lo que expresa.

Invito a los lectores conocidos y desconocidos a hacer desde su plena libertad, una estación existencial en los vuelos literarios de este escritor colombiano. Porque según entiendo, y según (quizás) el escritor Sandino Velázquez nos dice que en algún lugar  de la tierra queda  la libertad. Yo no sé donde pero estoy de acuerdo. Información tengo que en un reciente concilio, los dioses pluri-étnicos, en cálido y piadoso sincretismo, por mayoría, declararon que el escritor Edgard Sandino Velázquez es por virtud: “un mensajero de cartas abiertas”.

Jesús María Stapper: Bogotá D.C. Octubre 2012

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