Benhur Sánchez Suárez: el antiguo señor épico

Por: Jesús María Stapper –    La primera impresión que alguien tiene de Benhur Sánchez Suárez cuando lo distingue es que se trata de un señor antiguo. No por su edad cronológica (que suma décadas y décadas) sino por su particular estampa.

Su piel trigueña de palidez asumida como si estuviera iluminada de manera oblicua por una tea de intermitente fuego.

Benhur Sánchez Suárez.

Benhur Sánchez Suárez.

Su bigote ancho, canoso de un blanco distinto con pretensiones de un amarillo raro –recién inventado-, con pelos sobrantes, lo caracterizan como un personaje (casi dios) de desaparecido cielo.

Tiene la presencia investida de un juez sagrado de  salomónico juicio. Algunos inventan pedestales para sentarlo en silla real y todos los estilos (le) son adecuados, desde el renacimiento, gótico,  (todos los Luís-es con números romanos), barroco, rococó, isabelino, medallón (cualquier orden), hasta el art nouveau, jugendstil, nieuwe kunts, floreale (estos últimos, para llevarlo en delicadas andas, hasta los inquietos lugares de la Europa reciente).

Su ceño más adusto que el de un patriarca arrepentido, lo perfilan como una persona que no habla con nadie (aunque no se trata de un burgués engreído que se siente poderoso e inmortal. La cuestión es distinta).

Siembra dudas para diferenciarlo entre un ermitaño, un anacoreta, o un santón. Parece un comandante interestelar de las naves consumidas en el olvido por el moho,  las rasgaduras y  el tiempo.

Creo que lo presienten en su pretérito eterno comandando una nave de barro y madera y velas de lona (ennegrecidas de almanaques, hollín y polvo) y alas de dragón.

Tal vez es uno de los primeros cosmonautas existentes que con su nave indecisa y estrafalaria saltó al vacío y   perdido de su ruta imaginada intergaláctica, vive delirando, en algún rincón de una nebulosa.

Razones  quizás de su familia al distinguirlo con un nombre mítico como un recuerdo transparente y tangible y certero de Ben-hur el milenario aristócrata de Judea. Por momentos creo que es una verdad posterior pero presentida del personaje central de la novela de Lewis Wallace.

Es Benhur Sánchez Suárez un señor épico (antiguo) que posiblemente tuvo (tiene) travesías duras y guerras envueltas  en  los nubarrones  ásperos que ayer atravesaron los crepúsculos, los horizontes,  y se fueron a vivir más allá de los universos conocidos. Quién creyera pero el  señor Benhur colombiano que distingo de veras, nació en Pitalito un día cualquiera, nació en las tierras del Departamento del Huila.

Con nuestras galladas circunstanciales de escritores apostados en las entrañas de una cafetería bogotana, cuando un café rebelde humea su importancia y su sabor, miro de reojo a Benhur, y lo encuentro, en su jovialidad, un hombre de carne y hueso, descifrable, generoso, risueño, con múltiples facetas, allende los sumados días de su vida trajinada, laboriosa y cultural.

Tiene la vocación empedernida del humor como si no durmiera nunca porque en sus insomnios duraderos inventa chistes espontáneos, inventa cuentos (locos, inanes, bacanos) que nutren el corazón de picardía y carcajadas.

Forja renglones manchados de sílabas silvestres. Inventa literatura. Forja líneas de variadas estéticas. Inventa los trazos sinceros de su obra pictórica plasmada a la sazón de su entendimiento plástico moderno.  Inventa el decir exacto de los avatares de nuestra historia como si fuera una verdad, como si fuera una mentira, como si fuera una invención.

Sus palabras reales y leales, en ocasiones, son sabias (como si un profeta desconocido que nos entrega su legado, hablara en la boca de él).  Lo miro como  un  ser ventrílocuo que nos narra, pausado e inteligente,  la voz ponderada y reflexiva de Gastón Bachelard.

Son sus enseñanzas, las del señor de Pitalito, perennes como la claridad del agua flotante de las represas inmortales que se nutren de las lluvias santas. Burbuja inextinguible. Burbuja de letras ordenadas. Burbuja cromática.

Es un ser entregado a las vicisitudes del  espíritu ambulante entre los sueños y las dimensiones anheladas. Es un hombre que trepa  las escalinatas difíciles pero gratificantes que lo llevan a los buenos olores de las cimas cuando campean el aire y la gloria repleta de bendiciones y caminos venturosos. Sabe Benhur Sánchez Suárez por su manera de volar, por su intrepidez, por sus riesgos creativos, por su sosiego consentido, que es un piloto-pasajero de máquina voladora errante, sabe que es un pasajero no pasajero.

Para protegerse en el intrincado navegar histórico (nuestro vivo relatar de violencias sucesivas, injusticias al por mayor y grandezas a medias) de su narrativa el escritor Sánchez Suárez protege su cuerpo con una armadura flexible pero irrompible (sayo ‘benhuriano’ bordado  a diario con hebras  de kevlar tribalrepublicano-colombiano extractado de las hojas de maíz y de plátano).

En las páginas de su pecho lleva  escritas cerbatanas,  arcabuces, flechas, espadas, sables,  mosquetes, escopetas, fusiles, rifles,  hombres, mujeres, días, noches, atardeceres, madrugadas, buena voluntad, grandes esperanzas, y consuelos aguardados de paz y de amor.

Sus piedras lanzadas en la llanura,  en la cordillera, golpean la frente de la ignominia. Sonrisas y lágrimas que han muerto a la vera de los suelos de la patria se enclaustran en sus recuerdos.

Muertes e inmortalidades suenan en su decir. La libertad es uno de sus grandes imaginarios. Si Arturo Uslar Pietri tiene en su alma la inmortalidad venezolana de Las Lanzas Coloradas, el escritor huilense tiene el pundonor establecido en el espíritu de  su obra El Frente Inmóvil.

En su faceta de nostalgia (histórica) Benhur atrapa los murmullos y los alaridos que inundan nuestro mapa. Emprende rutas al pasado como una mariposa que cree,  vuela al frente, al futuro, pero en su presente de retorno como si fuera a un ayer pretendido, esculca el sendero donde declinará su vida. (Fue así que presintió un difunto en El Cadáver [1975]).

El “lepidóptero” no efímero,  vaga en un recorrido de tres tiempos (tiempo de verdad, de incertidumbre, de ideales). En un canasto de iraca atrapa la oralidad ancestral y sus ecos.

Toma apuntes válidos de leyenda en el parque arqueológico de San Agustín y los reparte por Colombia y por donde va. Añora lo que ha podido ser nuestro país y no es y no lo será. Sabe en el narrar que los fantasmas  han sacudido su memoria y habitan donde siempre.

Entiende que nuestras arboledas para no morir de envidia tienen su propia música. Como nació en provincia tiene vocación de manigua.

Quizás tiene los pulmones de un nadador de río grande como aquellos torrentes que giran y giran anunciando sus espejos luminosos en torno de su tierra. Los caminos empedrados y polvorientos atestiguan sus pasos.

Él es un “ente” de familia (la familia también son sus compatriotas), su sentido filial salta a la vista, lo lleva escrito en su mirada. Entre la antigüedad y la modernidad de sus años recorridos, el escritor de Pitalito, es un señor “épico” de la patria colombiana.

En su faceta de soñador de múltiples visiones dice que es un novelista consumado (La Solterona, La Noche de tu Piel, A Ritmo de Hombre, Venga le Digo,  Memoria de un Instante, Así es la Vida Amor Mío, Victoria en España)  y yo creo, con sinceridad,  que le creo. Indica que los cuentos de su cuento tienen invenciones nuevas y colores no fingidos.

Benhur Sánchez Suárez junto al escritor Jesús María Stapper.

Benhur Sánchez Suárez junto al escritor Jesús María Stapper.

Algunos colores son rubios como sus Cuentos con la Mona Cha. ¿Será qué cuando anda distraído, esculcando nubes, piensa? Entonces aterriza y nos cuenta, para señalar certezas, que sus errancias (filosóficas algunas) son ciertas. Así se mete de lleno entre los vericuetos insondables del ensayo como si entrara a los laberintos infinitos de una catedral alienígena no descubierta.

He aquí el producto narrado de sus desvaríos literarios: Narrativa e historia, Arte, Música y Literatura, Identidad Cultural del Huila en su Narrativa y Otros Ensayos, Esta Noche de Noviembre.

 

Benhur.

Benhur.

Benhur Sánchez Suárez en su faceta de maestro, de profesor de salón lleno de estudiantes (salón de pupitres pobres: pobres pupitres desdentados y somnolientos y hambrientos como los de nuestras escuelitas desvencijadas que asoman su cantar pedigüeño por entre los vergeles olvidados), con alumnos hiperactivos (mendicantes algunos, adinerados otros, huérfanos la mayoría, vagos e irresponsables los demás) que preguntan y preguntan por avidez del saber o por preguntar,  de amigo que enseña a sus colegas (aconseja y aconseja como si fuera su principal proyecto de vida que no produce dinero sino escozor), de pedagogo que nutre de sabiduría a los espíritus errantes con su voz musical calcada, de señor rancio que se esconde en los túneles claroscuros de una biblioteca a leer lo suyo, los libros famosos y los textos que escriben sus colegas (ejercicio consecuente para apaciguar su condición de crítico empedernido), lo aprehendemos de tal manera en sus actividades constantes, en el esplendor de su generosidad y de su maestría asumida, en el recorrido rubricado de su particular grandeza.

También tiene la presencia  de un ejecutivo amparado detrás de un escritorio victoriano (como si se presentara por voluntad propia como un alto funcionario de un banco), señor que da órdenes a los subalternos que se mueren de susto ante sus imposiciones.

No obstante, cuando termina la jornada laboral, es padre, es hermano, es amigo. Es un ser normal. Y una cascada de lágrimas transita en la primavera de la noche, por los vericuetos de sus venas sentimentales.

Este señor ejecutivo que nació en el Huila para rodar por el mundo con sus viajes de verdad, con sus viajes de pincel, con sus viajes de papel, despliega entre la gente (su gente) su alma vestida de bondad. Por fortuna no es un banquero (propietario desalmado) de verdad.

victoria  Siete colores tiene el arco iris dijeron los primeros sabios (quizás sabios coetáneos de Benhur –el antiguo señor épico-) ante la magia movediza y arqueada y resplandeciente de estirpe celestial y natural que nos entregaron a manera de un regalo divino los seres supremos de las ancianas mitologías.

Un paraíso y una vida  y una inteligencia y una muerte nos donaron (gratitud infinita les debemos). Un hombre de Pitalito, campesino de señas, pintor de marras (en una faceta  inherente),  sustrae del arco iris su gama colorida para plasmar a puntos limpios, la vanguardia  estelar de su obra de Vanguardia.

Obra de geometrías transigentes. Pintura de atmósferas vivas con caudales de ensueño. Cuadros de lenguajes extrovertidos. Colores interpuestos que perfilan expresiones que hablan por sí mismas.

Transparencias que dan vida a mundos posteriores como si fueran soles y lunas y estaciones de las temporadas inventadas del porvenir. Estampas sinceras que hablan de realidades imaginadas.

Logro plástico con la anuencia de sus vuelos oníricos. Sentimiento recolector de cubismos, abstraccionismos, fovismos, dadaísmos, y surrealismos soslayados. Reminiscencias someras de expresionismos e impresionismos. La obra pictórica de Benhur Sánchez Suárez enriquece de manera sobre saliente el “espectro” pictórico colombiano. Tiene  la validez de la razón pura con base en la calidad de sus estéticas y sus ethos fulgurantes y perdurables.

Jesús María Stapper. Escritor, artista plástico.

Jesús María Stapper. Escritor, artista plástico.

Que me perdonen, entonces, los familiares de Benhur, que me perdonen sus más cercanos amigos, que me perdonen sus colegas de obra (pictórica) y de palabra (escrita), que me perdonen sus detractores, que me perdonen sus lectores, que me perdonen quienes lo conocen y quienes no lo conocerán, pero yo continúo creyendo, que Benhur Sánchez Suárez, el escritor en mención, el pintor en mención, es un hombre que vio las primeras luces y las primeras sombras  de las génesis ambulantes que tuvieron a las tinieblas y a la-s nada-s de predecesoras; es decir, el huilense, es un antiguo señor épico, es por cierto, algo sin remedio.

Jesús María Stapper

Bogotá D. C. Junio 25 de 2012

 

 

 

 

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