Venezuela post-socialismo Siglo XXI (Análisis)

  • Cuando el fenómeno Chavista generó la diáspora Venezolana, Cúcuta no tenía ventajas para asentar los capitales salientes; esa fase la perdimos.
  • Perder la reconstrucción es lo más parecido a un suicidio regional.

Por Manuel Guillermo Camargo Vega – Aunque es prematuro anunciar el fin de la era Chavista en Venezuela, siendo como es, incierto el rumbo que tomará el proceso Venezolano y cuando aun no sabemos cuánto será el aporte que la patria de Bolívar hará a eso que Churchill llamó “la inestimable suma del dolor humano”. Quiero pensar con el deseo y sobre todo, visualizar qué papel puede jugar Cúcuta en el proceso que más temprano que tarde, llevará a la reconstrucción del Estado Venezolano.

¿La gran pregunta es cuál será el tamaño final del daño a la economía, y peor aún al tejido social?

El castrochavismo.

El castrochavismo.

Cuando las tropas aliadas tomaron Aquisgrán, Alemania, relata el libro “operación monumento”, encontraron sobre los escombros de la ciudad totalmente destruida, un cartel que en alemán e inglés que citaba sarcásticamente un frase de Hitler: “denme cinco años y no reconocerán Alemania”, puesta por los soldados. Doce años le costó a Hitler dejar Alemania literalmente en ruinas, y volverla a reconocer costo una generación. Hoy ya no reconocemos a Venezuela, pero aún falta lo peor, la caída del régimen.

¿Cómo quedara Venezuela al final?

Confiemos que la esencia se conserve cuando todo pase. El problema es que la reconstrucción debe empezar por el principio, recuperar su institucionalidad. Como pasó en Alemania, antes de volver a barajar hay que entender porque se llegó hasta allí y como evitar la repetición. El nuevo Estado Venezolano debe ser incluyente y liberal, evitando la corrupción histórica que desemboco en el chavismo. Colombia, en estas horas aciagas, debería aprender de este ejemplo. Las autocracias de derecha o izquierda terminan en tragedia porque se basan en la premisa de Luis XIV que “el Estado soy Yo”.

Hugo Chávez será recordado por mucho tiempo en Venezuela, pues la ruptura que causó en la sociedad es tan profunda que solo la creación de sólidas instituciones incluyentes, lograran cerrar la mayor herida histórica de ese país. Teniendo en cuenta que hay 100 mil “milicianos” de defensa de la revolución que ya mostraron su real cara paramilitar, y que sus fuerzas armadas participan de todos los negocios ilícitos, sumado a la destrucción actual de poderes públicos independientes, configuran un panorama aterrador del futuro Venezolano. La situación actual puede llevar al país a escenarios tan difíciles de pronosticar en el corto plazo, que van desde un golpe militar de facto, pasando por un conflicto armado hasta la anarquía pura, que o bien pueden sumir el país en un baño de sangre represivo, mayor al actual o que se autocorrige y lleva el país primero al orden y luego a la libertad. Este último escenario es el idealizado; los demás son más realistas.

Los pueblos, como la gente cargan patologías sociales y lacras históricas, que cuando llega el líder inapropiado, que se distingue por ser autócrata y desinstitucionalizador, las convierte en políticas de Estado. El caso más famoso es el de Hitler que convirtió el racismo y el antisemitismo histórico del pueblo alemán, en fundamento del Estado. Venezuela carga en su modelo social, la constante de subsidios al consumo por parte de gobiernos corruptos, desangrando las, en buena parte de su historia, abultadas finanzas públicas. Es del pueblo la concepción de propiedad de la riqueza petrolera, que lo convirtió en parasito del Estado y creó unos dirigentes con agenda propia, fenómeno que Hugo Chávez llevó a ser política de estado. Subsidios masivos y el control de las rentas legales e ilegales en manos de la nueva nomenklatura Chavista, son el fondo del fenómeno del socialismo del siglo XXI.

Alemania llegó a quedar en escombros para superar su racismo y antisemitismo; esperemos que Venezuela no deba recorrer un camino similar, pero en cualquier caso, el ajuste de este comportamiento será doloroso. El amor de parte de la sociedad Venezolana por Chávez saldrá por la ventana, cuando el hambre entré de lleno por su puerta.

Como se menciono arriba, Colombia tiene en Venezuela una imagen de lo que puede suceder en un país cuando no se limpian sus lacras fortaleciendo institucionalidad, y peor aún, cuando se vuelven política de estado. Nuestra “viveza del todo vale” y el “sálvese quien pueda”, entre otros, son patología social que en manos de un autócrata nos puede perder.

Definida la institucionalidad empieza la reconstrucción física del país, es decir de su infraestructura. El sector eléctrico está en ruinas, tanto que la industria sobrevive usando energía de plantas propias, al igual que el de acueductos, sin mencionar el desastre de PDVSA. La desinversión y el no mantenimiento llevaron a las estructuras asociadas a fallar. Con PDVSA los militares Venezolanos mostraron que el monstruoso gusto por la corrupción es del tamaño de su incapacidad administrativa. Y esa reconstrucción deberá hacerse con inversión privada y extranjera, pues las finanzas Venezolanas quedarán raspadas, y bastante de ello quedará en paraísos fiscales donde los miembros más distinguidos de la nomenklatura Chavista están poniendo sus “ahorros” para cuando la situación sea insostenible. Todos estos regímenes terminan cuando sus líderes se escapan de noche del país.

Ese modelo debe regularse adecuadamente para no pasar del socialismo del siglo XXI al laissez-faire y el capitalismo salvaje. El modelo de mercado va a volver, pues es el único que siempre vuelve, y orientarlo adecuadamente será garantía de triunfo. Nadie discute hoy, excepto en la Habana, si el modelo de producción debe ser de mercado o de centralización política. Venezuela es el último ejemplo. Sería bueno saber que pasa sobre ello en Jurassic park, la mesa de diálogo de la Habana. América Latina se ha distinguido por ser el continente donde los fenómenos económicos, sociales y políticos están más retirados de la historia en el planeta. Argentina era uno de los 10 países más ricos a finales del siglo XIX y es un claro país desarrollado a principios del siglo XXI; es el único caso en la historia donde un país se vuelve rico y regresa al subdesarrollo. Cuba es la única isla estalinista sobreviviente en el planeta y Venezuela, como estamos viendo es una tragedia histórica. Haití es el país más pobre del planeta y Colombia tiene un conflicto de más de 60 años, degradado e impulsado por el narcotráfico. Ese es nuestro miedo; vivimos en un vecindario complejo.

Cúcuta, Coombia en la frontera con Venezuela. Foto somoslarevista.com

Cúcuta, Colombia en la frontera con Venezuela. Foto somoslarevista.com

¿Y cómo juega Cúcuta en este momento de Venezuela?

Somos vecinos de los estados que más resistencia han puesto al régimen del socialismo del siglo XXI: Zulia y Táchira. Eso nos hace ser parte del problema de alguna manera. ¿Cómo profundizar la relación histórica con esos estados, ahora cuando la posición de supremacía la tenemos nosotros?. Como estará Venezuela de grave que nosotros somos los ricos del vecindario.

Volvamos a ejemplos históricos. Cuando Francia fue invadida por Alemania, Inglaterra salió en su defensa e incluso propuso la fusión de los dos países que llevaban siglos de guerras entre ellos. Nosotros seremos el centro de la reconstrucción de la zona andina de Venezuela, y así como vimos pasar el bolívar de 18 pesos a 10 centavos en 30 años, veremos pasar gasolina de Cúcuta para el Táchira y Zulia. Y ese es un tema claro: la reconstrucción de la infraestructura andina de Venezuela requerirá soporte desde Cúcuta. Energía eléctrica, gas, combustibles líquidos e incluso agua requerirán estos estados venezolanos en la época post-Chavista. La integración del transporte que integre las áreas metropolitanas de Cúcuta y San Cristóbal, mediante un tren de superficie que actúe como sistema férreo metropolitano es una buena idea para ir desarrollando.

Cuando el fenómeno Chavista generó la diáspora Venezolana, Cúcuta no tenía ventajas para asentar los capitales salientes; esa fase la perdimos. Vendrá la fase humanitaria cuando el régimen inicie su caída, y ahí es bueno desde ya llamar al Gobierno Nacional Colombiano para que no nos deje solos, atendiendo con nuestros recursos la fuga masiva de venezolanos. Son capaces de decir que usemos para eso las regalías, que es lo que siempre dicen.

Pero para ayudar a hacer fuerza, se necesita fortalecerse. Y en eso en Cúcuta estamos agónicos. No hay un plan de infraestructura para la ciudad: el tren al Magdalena medio ni se menciona, el gasoducto que nos integre al sistema nacional de transporte de gas natural no se entiende, el poliducto a Cúcuta no existe en las cuentas de nadie.

El acueducto metropolitano surgió por la coyuntura de los derrames por las roturas del oleoducto Caño Limón-Coveñas, pero no se ha revisado que no sea algo que solo le sirva a Ecopetrol.

La dirigencia pública local es de lo menos distinguido a nivel nacional; hemos tenido casi seguidos a dos presidentes del Congreso de Colombia cucuteños y nada.

La dirigencia privada histórica es más bien caníbal. Por eso, es imperativo que cucuteños de todos los lugares trabajemos por lograr una nueva dirigencia privada que reoriente el desarrollo de la ciudad.

La oportunidad de participar en la reconstrucción de Venezuela es tal vez la última bonanza que puede ganar Cúcuta; no recogimos la diáspora, pero vamos a tener que recorrer la fase humanitaria.

Perder la reconstrucción es lo más parecido a un suicidio regional.

Bogotá, mayo de 2014

 

 

 

Un comentario para "Venezuela post-socialismo Siglo XXI (Análisis)"

Comentar

Su correo electrónico se mantendrá en privado.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.