Lucía Estrada, porque todos podemos ser poetas

Lucía Estrada. Foto de Andrés Ricardo Carvajal Castro.

Texto y foto: Andrés Ricardo Carvajal Castro. Gracias a los talleres de escritura Relata y al Banco de la República, al igual que la Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero, escritores de excelsa trayectoria han besado esta ciudad, y otorgado sus experiencias y poesía a los cucuteños.

El turno esta vez fue para Lucía Estrada, poetiza paisa que, entre muchos galardones, ha sido nominada para el premio internacional de poesía Ponts de Struga en Macedonia, en donde la santandereana Andrea Cote ha sido ganadora, y en donde el nortesantandereano Saúl Gómez también fue nominado.

La poesía colombiana es de calidad de exportación, y la de esta mujer no es la excepción, habiendo publicado su primer libro a los 17 años, como un regalo de sus familiares, pero elogiado por poetas como el venezolano Eugenio Montejo.

Para ella el poeta no es solo el que escribe un poema, sino el que se arriesga a vivir y ver su vida de manera poética.

Poética es la palabra que describe su formación como escritora, siendo la menor de 11 hermanos, formando una extraña armazón familiar con un hermano mayor, el poeta Pedro Arturo Estrada.

Pedro Arutro le mostraba libros de arte, con pinturas tétricas como las de El Bosco, las cuales rondaban la mente de esta pequeña niña que desde los 7 años convirtió el amplio solar de su casa en Bello (Antioquia) en su salón de clases y biblioteca, observando a los seres de ese amplio patio y escribiendo poemas sobre hormigas, cucarachas, y demás insectos, logrando críticas de poetas como los de los chicos malos de la poesía en Medellín, los “Erratas de Fe” como “Tratados de entomología.”

Así esta niña que dibujo en el colegio a un diablo con cuerpo de gallo sobre el cerro de Quitasol de Medellín en un trabajo de clase porque así se imaginaba al diablo del libro que su mamá no la dejaba leer “El diablo sobre las colinas” y que fue calificada como diabólica también por su padre por haber enterrado sin acordarse al Niño Dios del pesebre en el Solar de la casa, fue gestando su poesía de  observadora como Emily Dickinson, leyendo en voz alta cada verso, teniéndole miedo a las palabras, y sobre todo, buscando atmósferas, como el solar de su casa, o la de los tenebrosos cuadros que la asustaban en sueños y en libros.

En Cúcuta ofreció una charla y taller dentro del Banco de la República, traída por el escritor local Manuel Iván Urbina, compartiendo sus poemas y su visión sobre la poesía.

Con siete libros a su haber, y un vasto conocimiento y amor hacía su trabajo de poeta, que califica como: “el horrible trabajador al que nunca se le ve trabajar según la sociedad”, podríamos hablar de sus autores favoritos, pero todo lo resume su visión de que cualquier persona puede ser poeta desde que se arriesgue a ver y a vivir la vida con una visión poética:

Todas las voces están huérfanas de sí,

Y en esa orfandad se asisten, se acompañan.

 

Ahí está el misterio. El que no podemos tocar,

para el que no existen las manos.

Las manos,

esa región desconocida que nos acerca y nos aleja al mismo tiempo.

 

Me pierdo en la penumbra de lo que quisiera gritar

y no puede.

 

El deseo nos rescata del abismo,

pero también se yergue lo que no admite consuelo.

 

Palabras como pájaros en la soledad del aire.

Fragmento de “La noche en el espejo” de Lucía Estrada

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