Soy un profeta

Jesús María Stapper -Escritor – Artista Plástico 

Por Jesús María Stapper . “Padre, estoy recluido. Y todo lo que se recluye, muere”

Carta de Lautrec a su padre hacia el final de sus días

Soy un profeta. Profeta de  longevo y pedregoso camino. Árbol de sembradas raíces soy. Solitario árbol  del acantilado que hace vigilias a los horizontes marinos: ponto de distantes crepúsculos, lejano teatro de lunas envejecidas (como yo: barbuda luna de antier). En mis ojos de red quedan atrapados los vuelos de las estrellas. Es mi corazón una guarida para el dormitar sosegado de las noches transitorias. Soy bucanero de dulces vinos (vinos baratos de Montmartre de los que bebió Lautrec en noches de putas). Soy bogador y  titán de  las aguas saladas. Faro de extraña luz, soy. Embaucador soy de las Cariátides que en las noches van desnudas por las playas… van buscando el calor de los amantes de mármol. Hace tanto tiempo que cuento las angustias  que tiene el mar. Guardo todos los secretos de Poseidón perdido, de Poseidón embravecido. Por mi frente en alto, ha pasado la historia de los siglos… advertencia y réquiem de su tiempo finisecular. En mi catálogo de nostalgias,  están impresos los vuelos de las aves marinas, que ilusas en aras de eternidad, se dirigen hacia desconocidos confines (avatares de aves pasajeras… aves de escasos días). Soy un profeta (ave pasajera de larga duración, ave pasajera de sostenido vuelo).

Soy un profeta: ¡cuánto acopio he hecho del llanto de las ballenas andariegas que lloran de frío, orfandad, y olvido (entre barriles, toneladas de alaridos y lágrimas tengo)! A veces cuando una ola se va directo al vientre del océano, o al ombligo del cielo, o al buzón del tiempo, pienso que quien lo hace, quien entre distancias, se va,  soy yo: ¡vuelo: luego estoy en el mismo lugar! A veces cuando parto… me repito, y re-aparezco donde siempre: miserable obstinación de viajar hacia ninguna parte. Millones de dioses, llenos de desconfianza, atiborrados de miseria, ávidos de verdad y de esperanza, y acosados por la anarquía de sus seguidores des-creídos, me han visitado, han llegado a mi bohío derrumbado. De nuestras pipas al vapor, sale humo blanco. Yo les he enseñado a creer. De mi lar: piso de tierra, pared de tierra, techo de cielo invisible-infinito, han partido, con su fe recién nacida, con su decidida misión de volver a empezar.  Entonces en pañales, han quedado, mis colegas de acendrado renombre, acreedores de fina devoción, como Henoc, Abraham, Saleh, Elías, Isaac, Moisés, Salomón, y tantos otros, de tan reconocida estirpe. Soy un profeta (superior a ellos), soy un “profeta mayor”, sin oráculo y sin sueldo. Desconozco todo sobre-emolumento, no obstante, lo sé todo, luego  soy un profeta.

Soy un profeta. A mi alcoba, cama de tabla, colchón de pasión, chirrido de bisagra, disfrazadas de Afrodita, disfrazadas de bailarinas hawaianas con su ritmo de hula´kahiko o de hula´auana, han llegado, diosas y profetizas tan sugestivas, tan sensuales, tan maravillosas, tan esculpidas, tan amantes. Diosas de carne con ambrosías secretas en sus turgentes senos de durazno: ambrosías que sólo yo, por mi virtud sagrada,  des-cubro, saboreo, y lamo y re-lamo; por ello, con humildad extrema, manifiesto que con esmero atendidas;  satisfechas y amorosas y recíprocas conmigo, han estado todas ellas.  Entre otras, por amor, o por otros motivos (algunos angelicales: cuestión celestial, algunos comerciales: cuestión de súper-vivencia),  han venido a indagar por mi sabiduría y, también a descubrir  el “crisol de mis singulares profecías”,  son Venus, Artemisa, Bast, Ceres, Arianrhood, Flora, Diana, Brígida, Vesta, Inanna, Salma, Nassima, Amira. Frente a ellas, un generoso sanedrín de delfines iluminados, postulados a santidad eterna, han atestiguado a mi favor. Con mis diosas y mis profetizas,  voy sin pérdida alguna, al núcleo del mar (remolino de existencia perdurable… templo de toda… gracia). Como si fueran sirenas de un mar antiguo, ellas, consumidas dentro de las aguas, nadan a la perfección, y en fina melodía mueven sus cuerpos con las destrezas del más grande violinista de todos los tiempos, cuando está de pleno, enamorado.  Entre tanto yo, el profeta, el hombre vecino-inquilino-propietario del mar, para no morir ahogado, me resguardo dentro de mi escafandra desteñida y arrugada. Dentro de la escafandra solamente cabe mi alma en segura bancarrota. Soy un profeta.

Soy un profeta. Profeta de desconocido nombre, seguro que es así, pero soy  un profeta. Aunque no aparezco con mención alguna en los libros sagrados, soy profeta. No obstante, mi desconocida parábola, mi desconocida voz, soy profeta. Aseguro que fui anterior al Popol Vuh, anterior a la Biblia, anterior al Corán, anterior a La Torá. Mi palabra es más vieja que la del Pentateuco. Fui quien primero conquistó e hizo muy feliz a las huríes de Mahoma, con lo que demuestro, que fui anterior a Persia. Soy la materia-génesis de toda religión. Soy de certera predicción. Soy un profeta.

Para ser profeta de verdad, alguna de mis profecías, tendrá que haber sucedido ya. He aquí, alguna “demostración primaria”. Predije una vez, y nadie me creyó,  que a sus tempranos veintisiete años, Janis Joplin, la niña bacana de Port Arthur, Texas, la espectacular y estridente mujer rock-era-blues-era, en una noche infame, en los Ángeles-California, estrellaría su espíritu rebelde contra la extrema pureza de la maldita heroína. Y predije que ella, en corta temporada,  partiría tomada de la mano, junto a Brian  Jones, Jimi Hendrix, Jim Morrison, quienes como ella, por culpa letal de la cocaína, lsd, cannabis, y el peyote, se irían con escasos treinta calendarios, para regalarnos pronto, su último minuto de silencio fúnebre-musical. También predije que un día, a las pasarelas de la moda, como un bendito martirio masculino,  llegaría la minifalda. Predije que a un gran amigo, le gustarían tanto las minifaldas, que terminaría casándose con un escocés, y así fue. Igualmente predije que mi característico amigo, en exceso amante de la minifalda, conquistaría a un príncipe de Inglaterra y así fue. Fue  novio del príncipe durante siete meses.

Soy un profeta. Profeta con cuerpo-sangre de faquir. Por mis venas, sin tropiezos, corre el viento. Tengo aureola-espíritu de santón. Con mis profecías, he sido un hombre filantrópico de tiempo corrido, por lo tanto, desconozco el valor del dinero, ningún billete, ninguna moneda, ningún gramo de oro, ha pasado por mis manos paupérrimas, por mis manos honradas. Algunos seres que me distinguen, dicen que no como nada, únicamente por falta de apetito (desnutrición milenaria). Algunos me recomiendan una purga (así es la moda social en los territorios de Occidente, a “falta de purga”, la gente miserable, aguanta hambre). En adelante, cambiaré de actitud. Ofertaré por buenas sumas de parné, cada una de mis profecías. Ahí va la inicial oferta de unas de mis profecías baratas (las otras que tengo guardadas en mi cartapacio, resultan muy costosas). Vaticino que demasiado pronto llegará el fin de los imperios actuales, que demasiado pronto llegará el fin de las monarquías. Predigo que no habrá más guerra durante una larga temporada porque habrá petróleo para todos. Soy un profeta, vendo profecías.

Profeta sin profecía, sin un vaticinio elemental, no es profeta. Por ello, los dejo de manera gratuita porque persiste mi bondad, con ésta, mi más reciente profecía. Ocurre su llegada a mi cerebro-memoria el mes pasado, llegó en las alas de un colibrí de color fucsia (raro pero sublime y bello y resplandeciente colibrí). Resulta, pues, que una plaga  infinita, nunca antes vista, de las más bellas y multicolores mariposas, inundará los cielos. Así llegarán los majestuosos lepidópteros: unos vendrán desde  Stuttgart en Alemania porque alzarán vuelo en el valle del Neckar, unos vendrán desde Aalst en Holanda porque alzarán vuelo desde las orillas del rio Dender, y los otros, vendrán desde Namsos en Noruega porque alzarán vuelo desde las riveras del rio Namsen. Al inicio, será algo mágico, cautivador, alucinante. Al comienzo será algo digno de admirar. Al comienzo ningún ser humano presentirá el colapso. Así la plaga inundará los cielos, y bajará a los mares, a tomar de ellos, la ración de sal. Y serán tantas las mariposas que en siete días se tomarán las aguas y secarán los mares. ¡Adiós océanos! ¡Adiós toda agua! ¡Adiós Hombre! Soy un profeta.

Jesús María Stapper

Escritor – Artista Plástico

Bogotá D. C. Colombia – Sudamérica, marzo 26 de 2011

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