VIA LIBRE: LA COLUMNA VERTEBRAL

 

Cicerón Flórez Moya

Por Renson Said

Hay muchas cosas admirables en la vida personal y periodística de Cicerón Flórez. Su pasión por la literatura, la madurez  política, el dominio del complejo mecanismo de relojería de los géneros periodísticos, su talante de librepensador. Pero lo que más me llama la atención, desde el punto de vista periodístico, es la prosa sencilla de sus editoriales: un estilo forjado en sus tempranas lecturas de los clásicos de la literatura universal: Dostoievski, Quevedo, Rimbaud, Vallejo, Camus, Neruda, Borges, Baudelaire y Tolstoi, ente otros. Sin embargo, es el judío Stefan Zweig, el escritor que más hondo ha calado en la conciencia de Cicerón.

De Stefan Zweig proviene (probablemente) su posición crítica a los abusos del poder, su condena a los estados totalitarios y su actitud libertaria tanto en política como en los hechos simples de la vida cotidiana. Es de Zweig y no del profeta bíblico de donde sale su seudónimo  “Jeremías”: una extensa obra de teatro que condena las tribulaciones que produjo la Primera Guerra Mundial. Cuando “Jeremías” se estrenó en 1917, otro gran escritor, Romain Rollan, dijo que era  “el mejor ejemplo de esa augusta melancolía que sabe ver por encima del drama sangriento de hoy, la eterna tragedia de la humanidad”.

Eso mismo se puede decir de las columnas de Cicerón Flórez. Y más: son valientes y estéticas y apuntan siempre a un objetivo que forma parte de su temperamento: la defensa de la libertad. Esa insolencia juvenil que le permite desafiar a políticos, presidentes, criminales, incluso a sus propios amigos cuando éstos han hecho actividades cuestionables, es lo que hace que Cicerón sea incómodo para el establecimiento. Y por eso es moralmente superior.

Por sus columnas han pasado los temas más turbulentos del siglo XX y XXI y no sólo ha sabido, con la destreza de su experiencia, condensarlos en un estilo sencillo y transparente, sino que con el paso del tiempo lo convirtieron en lo que Stefan Zweig deseaba en sus días: ser la conciencia moral de su época.

El Maestro Cicerón es la columna vertebral del periodismo en Norte de Santander y uno de los pocos en Colombia que se pasea por todos los géneros periodísticos con la precisión de un soneto, la elocuencia de una novela y la síntesis de una pintura.

El mejor homenaje que puede recibir Cicerón en estos 50 años de duro trabajo periodístico es la publicación de su obra inédita. Sus entrevistas a Pablo Neruda, Rolando Laserie, Daniel Santos, Nelson Net, Celia Cruz y tantos personajes del arte y la política que no podría mencionarlos a todos en este espacio. Pero también nos debe su libro de crónicas y una selección de sus columnas. Ah, y las memorias: su relación  con figuras centrales de la política y la literatura: Teodoro Petkoff, Manuel Zapata Olivella, Enrique Buenaventura, Fanny Mickey, Estanislao Zuleta, Gabriel García Márquez, Manuel Cepeda, Alberto Lleras, Otto Morales Benítez, en fin.

Digo todo esto porque El Espectador y la Fundación Color Colombia lo acaban de premiar por su trayectoria periodística. Sin embargo, pienso que es Cicerón quién le da prestigio al premio. Y no al revés.

 

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