EL ARO… SEGUNDO ALIENTO

Por: Lina María Aristizábal


El aro foto archivo.

Aquel sábado 25 de octubre de 1997, mientras Diego Armando Maradona se despedía del fútbol en medio de un partido anecdótico, histérico y multitudinario, un desconocido poblado colombiano sufría uno de los más cobardes ataques perpetrados por paramilitares en el norte antioqueño… Masacre en El Aro.

Desde el cielo, el imperceptible corregimiento de El Aro parece un nido construido en medio del Nudo de Paramillo, donde altas, silenciosas y empinadas montañas verdes semejan unos gigantes dormidos, apenas molestados por un puñado de rudos pobladores que habitan las cincuenta casas y se beben cada noche las reservas de licor que les ofrecen las cinco cantinas del pueblo, siempre animadas con canciones de despecho.

Sus coloridas viviendas de madera, construidas en abruptas lomas con calles empedradas y polvorientas, renacieron de sus cenizas y a diferencia del fantástico y mitológico ave fénix, fueron sus habitantes, movidos por la rabia y la injusticia, quienes decidieron echar a andar otra vez la vida por ese par de filas de casas, levantadas en contra de quienes una vez los masacraron sin piedad.

De cara a la iglesia está la Virgen del Carmen con su manto azul, rodeada de un pequeño círculo de cemento tapizado de césped en el que las mujeres del pueblo rezan rosarios por sus muertos y por sus vivos. Una virgen que observa cómo sus  pobladores siempre están en peligro ante las múltiples situaciones que crea el negocio de la coca, al que muchos de sus  habitantes se dedica como raspachines y en el que intervienen ferozmente la guerrilla y otros grupos armados ilegales.

A este corregimiento del municipio de Ituango se accede en mula o a pie. Hace 14 años 150 paramilitares que combatían contra los frentes 5, 18 y 36 de la guerrilla se tomaron sus calles durante cinco interminables días, asesinando y torturando a 15 de sus más queridos pobladores en una jornada de horror y sangre que aún estremece de miedo, dolor y furia a los supervivientes.

Allí  los paramiltares violaron todos los Derechos Humanos y demostraron una vez más su cobarde alevosía al actuar  contra poblaciones inermes situadas en medio del conflicto.

Willmar de Jesús Restrepo, un joven de 14 años que sembraba fríjol, fue interrogado por los paracos sobre la presencia de las Farc. Cuando marchaban al pueblo cayeron en una emboscada guerrillera y al terminar el combate el jefe paramilitar ordenó matar al muchacho por no advertirlos del ataque.

A Marco Aurelio Areiza, dueño de la tienda y de varias fincas de la región, lo torturaron hasta matarlo en el borde del cementerio. Por ser el proveedor de alimentos del pueblo, bajo presión y siniestras amenazas tuvo que surtir muchas veces a la guerrilla, incluso con sus animales. Los paras lo acusaron de colaborador y se ensañaron con él: le cortaron los genitales, le sacaron los ojos, le rompieron las costillas y la clavícula, luego le arrebataron el corazón del pecho, y así, transformado en una masa sanguinolenta, entregaron el cadáver a su viuda.

Entre tanto en el salón anexo a la casa cural, donde ayudaba en tareas domésticas, Elvia Rosa Areiza fue encerrada, violada repetidamente y torturada Finalmente, moribunda fue arrastrada por la calle hasta otro lugar. Allí fue atada y abandonada. Los perros y los gallinazos la devoraron. De ella sólo rescataron sus huesos.

Rosa Elvia Areiza Barrera fue una de esas 15 víctimas. Esta mujer de apenas 30 años soportó antes de su muerte que su hijo de 11 años, Omar Daniel Pérez Areiza estuviera en el grupo de las víctimas que los paramilitares acostaron  al frente de la que hasta ese momento era quien custodiaba el pueblo: La Virgen.
“Yo estaba al lado de mis amigos Andrés y  Rafita. Cuando Andrés quiso decirle algo a estos hombre le dieron un tiro en la cabeza; no murió de inmediato, yo sentía que su brazo rozaba el mío tratando de tocarme y yo,  asustado le dije a Rafita ¡córrase hermano que Andrés se está poniendo frio y eso me tiene asustado! ”, dice Omar hoy ya un hombre casado y con tres hijos
En medio del silencio y de los lamentos de la gente, resonó la voz del profesor del pueblo que a gritos imploró que no lo mataran, que era su alumno, que no era guerrillero, que era tan sólo un niño. Omar regresó a casa, el lugar a donde nunca más volvió  Elvia Rosa, su madre.

La familia de Elvia se desmoronó. Para vengar a la madre una de sus hijas se unió a la guerrilla y murió en combate. La otra no pudo cargar con tanto odio y se fue a otra región y sus otros dos hijos ahogan sus penas en el licor.

“No me puedo despegar de mi pueblo”, “no pienso dejar a mis tíos viejitos solos”, “no abandonaremos el lugar donde nacimos”. Son razones por las cuales Omar Daniel continúa en El Aro una zona en el que la guerrilla, las bandas criminales y el narcotráfico están en el menú de cada día.
El Aro

Es un pequeño caserío rodeado de ocho veredas con una población aproximada de 800 personas  de las cuales cerca de 80 viven en el casco urbano. El pueblo es visitado por grupos armados ilegales y sus habitantes, sin ninguna alternativa,  se encuentran en medio del conflicto.

Ituango,  la cabecera municipal,  queda a 14 horas en mula luego de   pasar un trecho en chalupa por el fogoso río Cauca. La otra población cercana es Puerto Valdivia y está a seis horas, lo que hace de El Aro un corregimiento invisible de todo y de todos, menos de los violentos.

Un alto porcentaje de la comunidad es analfabeta, no hay carreteras ni hogar infantil. El centro de salud esta desmantelado y carece de personal médico. La escuela está en precarias condiciones y solo funciona hasta quinto de primaria. Nadie atiende a la tercera edad y la anarquía reina en esta zona, convirtiendo al cura Pacho en el único personaje desarmado con algo de autoridad.

El Aro cuenta con un poco más de 50 casas y cinco cantinas que en momentos de furor permanecen abiertas 24 horas con música de despecho a todo volumen. Sus clientes beben cerveza, ron y aguardiente como si fuera agua fresca. El costo de vida es muy  alto y  una gaseosa o cerveza cuesta 3 mil pesos y media botella de aguardiente 30 mil.

Hay además una plaza central y una calle sin pavimentar que va de extremo a extremo donde se destacan los avisos instalados por el Ejército Nacional que dicen: “Salven sus vidas, Colombia les tiende la mano”, palabras dirigidas a los grupos armados que se encuentran agazapados como zorros en las montañas.

Los campesinos de El Aro viven especialmente de la coca y un poco del maíz, fríjol, arroz, caña y café. Algunas de las mujeres exhiben cadenas de oro como símbolo de poder.
Acción Social

Después de la reparación individual que se ha venido dando en El Aro, el Gobierno Nacional a través de ACCIÓN SOCIAL y de instituciones de carácter departamental, regional y local, iniciaron un ambicioso programa de reparación colectiva.

De esta manera se da cumplimiento a la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que recomienda el acompañamiento a familias que no sólo perdieron parientes, sino también enseres, alimentos y negocios, y que generó un estado de letargo psicológico, social y económico entre sus habitantes.

Reunir a las instituciones y ponerlas de acuerdo no ha sido tarea fácil para ACCIÓN SOCIAL de la Presidencia de la República,  sin embargo con la ayuda del Ejército Nacional y sus aeronaves, se concretó la primera misión a El Aro.

La Misión

Es un hecho. Partimos desde la base del Ejército en el municipio de Tarazá con un considerable destacamento de soldados dispuestos a ofrecer  seguridad y a apoyar el transporte de funcionarios, donaciones y equipos médicos.

Desde el aire y después de 15 minutos de vuelo a bordo de un helicóptero MI-17 repleto de comida, ropa, medicinas, útiles escolares, juguetes y otros elementos, observamos un pequeño poblado encajado en pleno Nudo de Paramillo con  iglesia grande, casas de madera con techos de zinc (algunas deshabitadas), cementerio y muchos niños y perros correteando hacia donde la aeronave iba a aterrizar.

Fueron tres días de jornada. Los habitantes de El Aro, sencillos, amables, cariñosos y buenos anfitriones, lograron inscribir su cédula, atender sus emergencias odontológicas, tomarse la presión arterial, recibir medicamentos, conocer su registro de desplazados y hasta exorcizar sus odios en un evento conmovedor. Actividades tan sencillas como éstas son todo un acontecimiento.

La meta de ACCIÓN SOCIAL y el resto del equipo es trabajar en la superación de la dolorosa tragedia de unos campesinos que quieren labrar la tierra, compartir con la familia y dejar en los niños una memoria histórica de lo que un día vivieron, pero confiando en que tales hechos no se repitan y donde el perdón y la verdadera reparación los acompañe hasta convertir esta zona en un centro de acopio, en una región que se luche por el trabajo y en la que sus pobladores tengan educación, salud y seguridad.

El helicóptero alza vuelo y observamos a la Virgen del Carmen inmóvil y serena, haciéndose cada vez más pequeñita. Entonces es en ese momento cuando le pedimos a esa santa mujer de velo azul claro y de mirada fija proteger a los niños, a los viejos, a los hombres y a las mujeres de esta tierra, por los que hace ya 14 años, nada pudo hacer.

Comunicaciones ACCIÓN SOCIAL
Julio de 2011

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