SOY UN ESTUDIANTE MÍSTICO… ¡REY ILUMINADO!

Mis duros quehaceres se deben a mi falta de ignorancia

Mal-ateo Impoluto

Jesús María Stapper – Escritor y artista plástico.

Por: Jesús María Stapper

Lo ignoro todo. Soy el ignorante perfecto. Todos lo saben, yo también, no me disculpo. Tengo brillante aureola de desconocimiento puro. Asistente a la desolada escuela de la madrugada, vigilia eterna entre luz de espermas, cual estudiante místico: educando elemental, quiero aprender a leer… de corrido y de memoria. Bajo la premisa incansable de recorridos repetidos, anhelos vehementes tengo, de deletrear el alfabeto de tu cuerpo (idioma tatuado en las sensuales y sublimes pendientes de  una bella mujer). Por inercia, he aprendido de voces, sonidos, gestos, pero ignoro la cuenta precisa de los poros irrigados en el mapa de tu piel. Sumándote por milímetros, pasaré mi vida entera. Como un iluminado rey,  instalaré un altar de febriles caricias, en tu anatomía total. Como un dibujante santo instalaré mi lápiz a orillas de tus labios y dibujaré el almíbar en tu boca… y dibujaré tu rostro de cielo, y tu ser irrepetible… magia en el paraíso. Con mi lengua tibia, de paseo diario, leeré tus fábulas… descifraré tus moralejas. Soy un estudiante místico, que sentado en el pupitre del tiempo, estudia el alucinante abecedario de tu existencia. Soy estudiante místico que lee, tartamudeando, los maravillosos textos de tus ojos profundos… tus ojos penetrantes. Si al final de mis días, repruebo el examen, volveré a empezar. Soy un estudiante místico con su terquedad de aprendizaje a cuestas porque tú eres mi biblia, mi enciclopedia, mi libro, mi página de deseo, mi cartilla de pasión, mi “pecado marginal”. Soy, por orden de mi monarquía, “tu rey”. Rey iluminado-enardecido por el amor, por ello, no necesito de  súbditos ni de protectores en el fragor de mi -amante y sudorosa- batalla. Soy un estudiante místico… ¡Rey iluminado!

Soy un estudiante místico que ha inventado sus propios universos (inservibles). En mi castillo de astillada y derruida madera (guarida sostenida en alto riesgo) he sido un rey. En Francia, y en otros lugares de poderosos reinos (pretéritos), “copiaron”  a destajo -mi antiquísimo- edicto: “Por orden del rey, se prohíbe a Dios, hacer milagros”. Soy un súper-rey. Soy templo, ermita, monasterio, pagoda, capilla, abadía, mezquita… espiral de fe… rayo de luz. Soy un aprendiz de monje: cerebro y estómago de franciscana austeridad… resultado milenario de verdad incierta. Hacia nuevos cielos voy izando mis abiertos carteles de cálido sincretismo. Soy un escuálido aprendiz y sumiso y obediente, acudo ante Minerva, atiendo su sabiduría, admiro su hermosura,  la imagino desnuda, extiendo su legado.

Asistente consagrado, dedicado alumno soy, ante la voz sagrada de los maestros de “rutilante luz”… luz olvidada (como, mi divina “Luz… María de media noche”, una antigua y escultural y ninfómana novia que me llevaba besos  envueltos con chocolate y vainilla). Maestros que han sido perennes faros de luz encendida… y “llamas apagadas”. Por siempre invoco a Tot el patrón de los magos.  Sea Hermes Trismegisto, de la hermética, con su kibalión, su tabla esmeralda, su corpus hermeticum, quien me diga lo que debo hacer esta noche.  Al pie de la montaña he sostenido diálogos directos con Abraham el patriarca hebreo (juntos, nos hemos reído de tantas cosas inútiles del mundo moderno). Con mi “viejo anciano” Lao-Tsé, en una incesante búsqueda del Dáo Dé Jing, por China viajamos largos trechos, al lomo de los búfalos del agua. Un día cualquiera le pregunté a Samael Aun Weor acerca de nuestras razas predecesoras y me informó de la lémur, hiperbórea, protoplasmática,  y la Atlante (por un momento creí que se trataba de lejanos familiares de odiosos excuñados). También le pedí que  me indicara el punto exacto en donde comenzó la involución y me llevo al lugar escondido donde se perdieron los eslabones (hurtados). En síntesis me dijo que la vida surgió en la extensa tarde de la cuarta dimensión.

Con Mahoma, el legítimo profeta, el mensajero celestial, en una hira (cueva) no descubierta al hombre contemporáneo, conocí el lamento peregrino de su año de tristeza. ¡Adiós esposa Jadiya! Vi cuando al Arcángel Gabriel lavó su corazón con agua de  Zam Zam en el ánfora de oro (no de cerámica). Visité a Solón, el arconte, sabio de Grecia, y me explicó la razón de sus leyes, también me habló de sus olvidados secretos de alcoba. Fui un día  a la antigua Mesopotamia, a Babilonia,  a un encuentro con Hammurabi, el rey –favorito de las diosas-, y me explicó las implicaciones de su código, la ley del talión, las leyes escritas para complacer a sus dioses, especialmente a Shamash (dios de la justicia). -“Mis leyes son de origen divino, por  tanto, son inmutables”. -Me gritó, a la distancia. Alejándome de él, tropecé con Marduk (señor de los dioses) y su dragón entusiasmado, fue entonces cuando leí las primeras páginas del Enúma Elish y me parecieron, a decir verdad,  “toda una verraquera”, aunque no entendí nada porque soy el ignorante perfecto.

Como anduve, durante siglos-milenios perdido en el tiempo: perdiendo el tiempo, opté por meterme de bruces entre los vericuetos filosóficos de Kapila, y hoy, ando igual, totalmente perdido en los laberintos de mi propio ser, y cansado de trasegar entre ambigüedades y des-conciertos, en los andenes inexistentes de mi particular betania, recuesto mi alma y mi espíritu, desconcertados. De todas maneras, con mis alpargatas rotas, proseguiré mi camino, espero, desde luego, salir ileso y lúcido de tan complejo y alucinante y enredado “berenjenal”. ¿Será que algún día encuentro mi liberación…liberada? Será resolver los enigmas que predico porque luego de incesante búsqueda será decir: a mi libertad pretendida sea mi libertad hallada.

De tercos es repetir lo irrepetible, pero ahí voy…, yo, el bruto transeúnte de difíciles caminos. Es así que un viernes cualquiera, me encontré de frente, con mi viejo maestro Kong: el gran Confucio, y gracias a sus elocuentes analectas, al borde de una taza humeante de deliciosa y fortificante “agua bendita” (ignoro su contenido), conversamos, y en un bolsillo secreto de mi antiguo chaleco de hojas de parra, de su puño y letra, obsequiada, me traje una de sus máximas: “Leer sin meditar es una cuestión inútil”. Era un atardecer en claroscuro, piedemonte de agreste vegetación, cuando vislumbré  a Vishnú el  principal dios de la Trimurti sagrada: Brahmá, Vishnú, Sivá, y acompañándolo, fui con él, al Vai Kunthá, su paraíso, donde “todo es oro y piedras preciosas”. Me entregó una iridiscente e invaluable joya y me encargó la misión de entregarla a una diosa relegada, si es que algún día la encuentro (si la diosa es  despampanante y coqueta, al entregar la joya, “le pediré” algo a cambio). Como un peregrino que horada el pecho de sus destinos, hallé el Nirvana. Vi a Siddhartha Gautama predicar el dharma. Asistí a los alcances de su despertar espiritual. De tal manera vi a Buda en plena práctica y ejercicio de su decálogo de paramitas. Hace rato recibí una misiva donde Bhaktivedanta Swami Prabhupada, en la praxis de su mantra, asiste con fervor iluminado, al legado de su dios Sri Krishna. Krishna y yo, nos fuimos de campamento, conscientes, a meditar, por desolados lugares de la India. De paso, aprovechando cercanías, fui a Bombay, al encuentro  con Mahatma Gandhi y lo acompañé durante los días de su “huelga de hambre”, aplaudí su predicación de la Ahimsá,  acolité su resistencia no violenta, y fuimos los dos a la Marcha de la sal.

Soy un estudiante místico de invariable derrotero, torpe por demás, en el aprendizaje. ¡Pobres mis abnegados docentes!  Pobres ellos, mis maestros, de esfuerzo inválido, escuela eterna de derribados muros.  Soy un alumno en kínder, creyente de diminuta veladora: incipiente llama con olor a sebo derretido y trasnochado en desconocida y des-(en)-fundada iglesia. De lugar en lugar, encontré a Krishnamurthi, Abdu Baha, Rajinder Singh,  Khalil Gibran, Yogananda, Jebuna, Sanat Kumara,  Osho, Sai Baba,  Maitreya, Sri Ramjit Mahara, Kabir: el tejedor, el santo poeta de Dios, y centenares de predicadores “iluminados”. Cada uno, con la verdad, en propiedad, de su verdad… verdad por concretar. Con ellos, sostuve, en fortuitos y cálidos encuentros, discusiones al millar, discernimientos en entredicho, millonarias conjeturas que algo o mucho, me han servido.

Imposible asistir  a las puertas abiertas del amplio “plantel de la verdad mística” y no encontrarse con Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, Encarnación de Dios, Rey de reyes, Redentor de la Humanidad, El Milagroso. Hombre del Pueblo, Sencillo Predicador, Itinerante Perpetuo. Hijo abandonado: Elí, Elí, lemá Sabactani (Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?). Ante la posibilidad de este encuentro con Jesús  Nazareno, fui al rio Jordán, a buscar unas cuantas piedras de ara, para arrodillarme, y posar mis rodillas sobre ellas, guardadas en decentes y suaves almohadillas. ¡Ah… que encuentro con Jesús! …De cuánto me enteré. Cuestiones de antes y después de su crucifixión. Supe que la extrema derecha, “amante de la democracia”, lo declaró un predicador peligroso y  un rebelde comunista, y lo mató. Supe que la extrema izquierda, “amante de la democracia”, negó su existencia,  lo sintió anti-comunista,  y lo mató. Supe que la “gente de centro” guardó silencio ante la infamia, y lo mató. Sé que sobre-abundan los burdos predicadores que en su nombre, van por el mundo, descuartizando su cuerpo (santo), vendiendo su muerte-salvación-celestial, porque al antojo histriónico de sus “amañadas” parábolas, se reciben onerosas ganancias. ¡Qué tristeza! Después de  muerto, a diario, lo asesinan, lo venden, lo revenden, y Él, no se cansa de resucitar, sin importar que lo vilipendien, lo torturen y lo maten de nuevo. Perdóname, Señor del Cielo, por lo que creo. Creo que: Jesús de Nazaret es un Dios con mala suerte.

Lo ignoro todo. Soy un estudiante místico cuya mediocridad es abundante: ignorancia perfecta. Aún así, soy un rey. Favorito entre reyes, en mis inventados reinos, soy  honrado,  adorado, y divinizado. Con sacrificio estudio a la luz de los cirios gastados que me regalan. Ante mis cirios encendidos y olorosos, soy un ¡rey iluminado! Como todo lo ignoro, todo cuento entero, lo trago. A partir de la nueve de la mañana del primer día del milenio entrante, estaré a la espera de un millón de códices sagrados, que recogidos y compilados en todo el mundo, me llegarán en un inmenso tracto-camión.  Ardua tarea por discernir. De todas maneras, mientras ese día llega, persistiré por mi aprendizaje elemental, y en aras de modesta iluminación, elaborando mi propia construcción, hago acopio de otro aforismo del  maestro Confucio: “Transporta un puñado de tierra todos los días y construirás una montaña”. Preciso salir de mis tinieblas, por ello, acudo, otra vez a Confucio, para concluir que es: “Mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.

Jesús María Stapper

Escritor – Artista Plástico

Bogotá D. C. Colombia, Sudamérica.

 

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