MI LIMUSINA ANDA CON SUS ALPARGATAS ROTAS

Por: Jesús María Stapper

Idiosincrasia: Fija demostración de la capacidad y desarrollo del talante.

Talante: Aparato aún no inventado que sirve para medir la idiosincrasia.

Mi limusina trasiega rauda (a pesar de tener sus alpargatas disparejas, gastadas y rotas) por la incierta y ondulante avenida de la vida. Lo peor de todo,  en inusitado rumbo, no sabe para dónde va. Así le sucede desde… siempre. Nunca llega ilesa, sobria, y feliz, a lugar alguno. Avanza, a lo largo de la noche eviterna, por entre una tupida jungla de sinsabores, derrumbes, eriales, escombros, acantilados y precipicios. Dos luciérnagas sin romance a la vista y aburridas de su inutilidad noctámbula, cual farolas infinitas, alumbran lo escabroso de su intrincado y salvaje camino. ¿Qué será de mi limusina cuando las luciérnagas, agobiadas, cansadas, desesperanzadas, trasnochadas, se duerman eternamente dentro del féretro de su luz, recién apagada?

Cuando veo a mi limusina, recién bañada, virgen acuática, con perlas de agua sobre su cuerpo de abruptas y perfectas curvas, con su fragante universo, y me parece bella… bella estampa de mujer ávida de ternura y de amor, sugestiva y sensual, con muchos deseos de “pecar” con ella, bajo un infierno de pasión y caricias a ultranza, le pongo nombre de mujer. Antes de recorrerla toda (a mí manera), la llamo por ejemplo, Lucero del Viento, Colibrí de Primavera, Sublime Ensueño, Canto sobre la Piel, Esmeralda sobre el Lecho, Beso de Nereida, Ambrosía de Medio Día, Luna en mi Cuarto, Espejo Desnudo del Cielo, Paraíso por Descubrir, Páramo para Arropar, Estepa por Recorrer, Fruta para Lamer, Eternidad del Bello Instante.  La miro fijamente, con ojos devoradores, con mi picardía  a cuestas, lo hago con el firme propósito de sembrar dentro de ella, toda mi virilidad. Cuando veo a mi limusina así, así de bella, angelical y pecadora, tan dama, tan mujer, me tengo inmensa fe, como amante. Es ésta mi limusina más costosa, más dolorosa, más ausente. Es mi exclusiva limusina de éxtasis, ensueño,  delirio, locura, pasión y perdición.  Es la que me cautiva y me atrapa. El pago posterior por sus ausencias y desamores es terrible. La soledad maneja con destreza su trasunto espíritu de cobrador inmisericorde. El resultado de  su flagelo me llena de laceraciones el cuerpo y mi alma esquelética y descarriada. De estas limusinas he tenido tan pocas en mi vida, aunque a veces, cuando no queda más remedio, las invento, y después…las sufro. De todas maneras, hombre cobarde no goza de mujer bonita, y las mías: “mis mujeres” de limusina, han sido del tiempo y del hombre, las más bellas. ¡Cuánto he gozado!

Cuando mi limusina tiene cara  de horrenda quimera, me toca, por incuestionable obligación, soportarla. Detesto su olor a bruja del pantano. Odio sus mordeduras de escarnio. Cuando sus labios me absorben, me siento un desastre. Cuando se desnuda, corro espantado por el laberinto que me lleva de nuevo, a ella, una y otra vez. Tengo que aceptar que su piel escabrosa y fétida, se estrelle contra la mía. Mi limusina así, no es auto, no es mujer. Es espanto y abominación. Es el delirio de un Asmodeo inútil. Es  el discurso barato del diplomático infernal Abramelech. La veo tan perfecta en su fealdad, en ocasiones, cuando sueño. Cuando abro los ojos y abarco más de dos galaxias, la encuentro frente a mí: inexorable, repetitiva, descarada, cínica, indestructible. Su inconsciente rol de ser consciencia, me acompaña a todas partes. Fiel compañera de mis pasos. Vecina pública de mis días. Álter ego de algunos de mis quehaceres. De todas maneras, con sus zapatos rotos (ancianos coturnos de Roma, arrugadas sandalias del Purgatorio), continúa siendo mi limusina. Ah…. y como éstas, tengo muchas limusinas más. ¿Cómo les parece? Y para que bien lo sepan, no las regalo, ni las presto, ni las vendo, ni las fío. Son mi estigma. Total no me desprendo -por coacción o por gusto propio- de ninguna. Ellas, también son parte, de lo que será mi juicio (de equivocadas matemáticas) final.

Mi limusina se renueva cuando la llevo al taller para su reparación. Le ponen vestidos nuevos. Es “una vanidad” multicolor de increíble pasarela. Su estrella natural dice: carnaval-diversión-felicidad. Luce, con orgullo, su verde esperanza (templo amazónico). Radiante como un único sol de oro, irisa su amarillo infinito (fulgor del Olimpo). Con su azul navegante, dice: ¡Adelante bogador de mares y destinos! En el rojo vivo de sus labios benditos, como una gota de vida, trasciende la creación (Paraíso naciente). De su blanco impoluto se desprenden los destinos inmaculados de los ángeles (de cada cielo). Mi limusina también tiene orlas y aderezos que la hacen ver más bonita. Mi limusina resplandece aún entre las estrellas más radiantes. Se renueva –a su parecer- en cada destello. No en vano, ella, tiene cielo propio, propia hostia, propio cáliz. Es la limusina que me enorgullece y me entusiasma.

A mi limusina, compungida de ir por ásperos e inciertos caminos, en determinados momentos, la llamo: ¡Patria! Tiene, ella, sumado llanto, entre los pormenores históricos de su rostro. Tiene tropiezos que lastiman sus rastros. Tiene múltiples complejos idiosincráticos, parece que todos van hacia la deriva, suben y bajan, al temple de sus hilos de marioneta (es la marioneta ideal).  Tiene talantes inconsistentes y derretidos. Tiene libertades comprometidas. Soporta grillos venenosos en sus pies. Padece vergonzosas dependencias. Sabe jugar a ser obediente colonia, por su estado de sumisión, es la mejor. Las alpargatas maltrechas de mi auto patriótico tienen dolorosos callos. Tiene un diccionario definido que dice pasado (mal forjado, mal contado, mal escrito), presente (abrumador), porvenir (sin porvenir). Tiene cerebro carente de memoria. Aún así, dentro de un encuentro de circunstancias, mi limusina-patria, tiene una leve sonrisa en su vientre materno. Tiene cuerpo convaleciente que se aviva con el alba. No se cansa de ser madre buena, a pesar del comportamiento de sus hijos, de casi todos, infortunadamente. Mi limusina tiene dolor de parto, dolor de tierra –pura-, dolor de país. Mi limusina llena de necedad, insiste en su recorrido. Mi limusina-patria se sostiene viva y perdurable con el combustible mágico –desconocido- que la nutre y la redime. No en vano, sabe como ninguna otra patria, de  resurrecciones diarias.

Cuando mi limusina tiene cuerpo de hombre de Colombia, la bautizo: Pueblo. Limusina casi perfecta, …limusina tan defectuosa. El Hombre-limusina colombiano en su esencia es búsqueda y hallazgo, avance y retroceso, orden y caos, conquista y derrumbe: …riqueza y miseria. Mi carro humano, aunque destartalado, avanza dando tumbos (tal cual avanza  mi pueblo). Su estarte sufre simultáneas arrancadas y estancadas. ¡Ah de idiosincrasias y talantes! ¡Ah de sueños inciertos y de esperanzas vanas! ¡Ah miserable limusina de alpargatas rotas!

Habita mi limusina también en el aparcadero de los enigmas. Coche de misterios, coche de aventuras. Vehículo épico, romántico, utópico. Viaje tras-universal. Tiquete intergaláctico. Misión secreta. Limusina de “mis hazañas”. Tiempo de vendimia. Libación de gloria. Pensamiento trashumante. Ave secreta de ágil vuelo. ¡Vuelo infinito de centauro! ¡Voz y trueno de Pegaso! Máquina construida de regocijo y serenidad. Vehículo-iglesia que bautizado con bendita agua, en tiempo augusto, lleva mi nombre. ¡Ah mi limusina que se desliza por rutas de terciopelo!

Son otras, igualmente, mis limusinas. Poseo limusinas por millones. Una para cada circunstancia…,  una para cada necesidad. Unas tienen zapatillas de oro, otras cotizas de cobre teñido de oropel. Al precio que fuere, me llevan de un lugar a otro. A la orden del día, están para mí. También “la servidumbre” se apresta con resignación y diligencia, a recibir y acatar mis órdenes. Tengo don de mando, tengo don de obediencia, tengo “don “ de esclavo. Así es mi idiosincrasia, así es mi talante. Mi idiosincrasia y mi talante viajan conmigo,  al instante, en limusina propia.  Depende la ocasión, a mi lado viajan, a lomo de asno (burro de cascos rotos… Burro de pasos lerdos, burro desahuciado).

En mi mundo de propiedades, inexistentes, claro está, poseo universos y limusinas, por doquiera. Por ello, en mi preclara intención de poseer, una única limusina, de veras, recurro en el mundo entero, a la generosidad de fabulosas, despampanantes, bellísimas e inteligentes damas-magnate-s (multimillonarias todas ellas). Espero sus generosas donaciones hacia mi somero proyecto. Así como en “cuestiones de amor”, a cada mujer, “le exijo” su cuerpo, su alma, su espíritu, su pasión, su entrega, su pensamiento, su prestigio, su dinero, y nada más…, no pido nada más porque el  resto lo aporto yo. Así les manifiesto, “mis apetecidas mujeres”, que me conformo con poco, pueden regalarme una limusina de cualquier marca, bien podría ser: Hummer, Alfa Romeo, Bugatti, Cadillac, Lamborghini, Rolls Royce, Volvo, Aston Martín. Sea de tal manera, mi modesta conformidad. Según algunos contactos establecidos con sus directivos, cada marca-empresa se predispone a fabricar una exclusiva limusina para mí. Compiten ellas, por el honor, de servirme. Aguarda, cada una de las empresas, su orden de construcción. De manera púes, mis bellas damas-magnate-s, que entre más se apresuren a ordenar mi nuevo auto, será mejor, tanto para ustedes, como para mí.

Con mi calidad intuitiva, con la certeza de una respuesta positiva a  mi modesta petición, petición de limusina propia, tengo previsto con quién haré mi primer viaje. Hace unos días, le propuse a una hermosa odontóloga, que  aceptara escapar conmigo hacia el desierto, durante un fin de semana, y luego la llevaría a pasear, en mi limusina nueva, por el universo entero. Ella aceptó. Salvo que no quiere pasear conmigo por el universo entero. Ella prefiere ir a otro lugar. Como un tonto enamorado, admirando a mi inteligente odontóloga, aunque ella no lo sabe, me dispongo al regreso de nuestra escapada y paseo, regalarle un collar de genuinas perlas negras de las Islas Tuamotu de los Mares del Sur.

Por lo tanto, en un monumental esfuerzo económico, tengo ahorrado ya, la cuota inicial del valor de las “alpargatas rotas” de mi limusina. De todas maneras, si mi limusina,  no me sirve para escapar hacia el desierto, con “mis damas”, los fines de semana; por lo menos, me servirá, para huir de mi mismo. ¡Qué bacano soy cuando viajo en mi limusina! En ella voy, arrastrando mi soledad,  arrastrando mis agonías, arrastrando mi –cambiante- idiosincrasia y  mi     muy amado aunque -derretido- talante. Total, únicamente soy, lo que a duras penas, puedo ser, y nada más, todo porque: ¡mi limusina anda con sus alpargatas rotas! ¿Qué será de mi limusina cuando las luciérnagas que iluminan sus senderos, se duerman eternamente dentro de su féretro de luz… ¡apagada!?

Jesús María Stapper

Escritor – Artista Plástico

Bogotá D.C. Colombia – Sudamérica

Noviembre 03 de 2010

2 comentarios para "MI LIMUSINA ANDA CON SUS ALPARGATAS ROTAS"

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