“TENGO QUE PROGRESAR” UNA HISTORIA EN LOS MONTES DE MARÍA

Por Lorena Paola Martínez

Desde pequeña, Sandra veía a sus padres elaborar el queso que se utilizaba para el sustento diario. En esa época, nunca se imaginó que esa tradición familiar, fuera lo que hoy en día mantiene la economía de su hogar.

Sandra se levanta todos los días a las 4 de la mañana a recibir 250 litros de leche, que después de un proceso artesanal, se convierten en el producto más vendido de su región.

El queso que elabora Sandra es artesanal y lo hace de forma manual. Comenzó cortando 60 litros de leche al día y cinco meses después, la producción incrementaba en 250 litros diarios. Sandra recibió ayuda económica equivalente a un millón seiscientos mil pesos que utilizó para comprar material y utensilios necesarios para la elaboración y distribución del producto.

“La primera vez que vendimos el queso, el señor lo probó y dijo: ¿Dios mío, de dónde es éste queso?”. Nos pidió 20 libras. Después conseguimos una ayuda y compramos un teléfono para pedidos; el señor nos llamaba a diario y decía: tráigame 30 libras, y así fuimos viendo que podíamos crecer la producción. Ese cliente trajo nuevos compradores. Hoy en día, tenemos 30 clientes más.

Capacitación en administración, manipulación de alimentos y talleres de sensibilización personal hacen parte del proceso que Sandra realizó durante los meses de aprendizaje empresarial.

“Demoramos como tres meses en esas capacitaciones. Nos enseñaron a administrar, me dieron el curso de manipulación de alimentos, también un curso que fue el que más me gustó que se trataba de cómo aprender a valorarse porque nosotros por aquí, no sabíamos de eso. Nosotros somos un tesoro, tenemos que valorarnos porque lo tenemos adentro y nunca lo habíamos explotado. Mi mente estaba tan enceguecida, viviendo de lo que nos había pasado antes y al recibir esas capacitaciones fui abriéndome a tantas cosas; teníamos que prosperar, no teníamos porqué vivir así, nosotros no podíamos conformarnos a tener sólo un par de chancletas, una hamaca o una olla. ¡Porque somos humildes, no podemos vivir así!, tenemos que cambiar y la verdad: las capacitaciones fueron una bendición para mí”.

El negocio fue prosperando y en cinco meses ya arroja ganancias de hasta trescientos mil pesos libres en la semana. Sandra comenzó a construir su casa.

“Como no teníamos vivienda, comenzamos con la base, hicimos bloques y de bolsita en bolsita reunimos ocho bloques y a medida que iba quedando platica lo invertíamos en la casa. La vida cambió al 100 por ciento de lo que era: mi vida económica, espiritual, material, mi vida física. Tengo con que comer, con que vestir, puedo dormir tranquila. Hoy Sandra tiene 28 años y es madre de 4 hijos

EL PASADO

Vivía en el corregimiento de San Rafael, Ovejas; pleno Montes de María. Fue víctima del desplazamiento forzado lo que marcó el corazón de su familia.

“Cuando nos desplazaron nos fuimos para Cartagena; mi esposo nunca consiguió trabajo, nunca tuvimos la oportunidad. Aguantábamos hambre, vivíamos debajo de un plástico; era horrible, no me gusta recordar lo que pasamos”.

“Nos fuimos del pueblo porque, en realidad, la violencia era cruel. Dormíamos en el monte y por eso tomamos la decisión de irnos para allá. Nos fuimos los dos con el primer niño que teníamos y cuando llegamos a Cartagena, a mi esposo le regalaron un plástico y armamos una especie de cambuchito. Dormíamos en el suelo, la gente se condolió de nosotros y nos regalaron una cama, un colchón y unas cobijas”.

“Mi esposo empezó vendiendo tintos pero no daba para comer; yo me quedaba con el niño porque aún era de seno. En realidad no soportábamos eso y a medida que pasaba el tiempo, rodeados de gente mala, nos atracaron, nos dejaron otra vez sin nada. Tomamos entonces la decisión de volver a nuestro pueblo, aunque sabíamos que íbamos a correr riesgo”.

“La violencia me ha rodeado desde mi infancia; ya no puedo más, me han pasado muchas cosas. Sólo tengo 28 años y conozco tanto la vida que… no se por qué estoy en este mundo todavía luchando”.

“Nos vinimos de Cartagena nuevamente sin nada. Cuando llegamos, nos tocó dormir en las calles, donde nos dieran para vivir. Duramos un tiempo durmiendo en el suelo, ya teníamos dos niños porque no tenía ni para planificar ni nada de eso; mis cuatro hijos los tuve en unas condiciones que son horribles. Yo los vestía con ropa que me daban en la calle”.

“Esto aquí era cruel, cruel en realidad: la violencia, el hambre, la escasez”.

“La gente se condolió de mi esposo y en la iglesia, nos regalaron 50 mil pesos y con eso, nosotros paramos este rancho”.

Sandra es un ejemplo de vida y demuestra que para alcanzar los sueños se debe poner mucho empeño y no desfallecer.

“El mensaje que les doy es que uno nunca puede quedarse ahí, aunque no tenga con que, aunque uno vea eso imposible. Sin darnos cuenta, la ayuda llega en algún momento de la vida y llega grandemente porque a mí me pasó así. Ahora tengo una visión muy grande, quiero montar una porqueriza y hacerle la pieza especialmente al queso y tenerle a mis hijos una pieza a cada quien. Usted puede volver en cinco meses y verá que esto va a cambiar mucho, no lo va a reconocer porque yo cada día voy a mejorarlo para así tener una empresa más grande que la que ve”.

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